17 de mayo de 2011
17.05.2011

¿Quién es antisistema?

17.05.2011 | 02:22

José Luis Villacañas

Por doquier se escucha la pregunta. ¿Es que no hay una sola idea nueva que pueda poner en marcha nuestra sociedad, ni siquiera en estos días en que se abre el mercado electoral? No hay respuesta. Ante ese silencio, ¿dejaremos a la gente consciente y politizada, a la más generosa, en esa línea de sombra cada vez más ancha que se extiende entre la indignación y eso que ya se llama antisistema? Las decenas de miles de ciudadanos que se han echado a la calle este fin de semana al grito de «Democracia real, ya», ¿pueden ser despachados así, con esa descripción? ¿Es la demanda de democracia real una expresión antisistema? Esta demanda concierne a la legitimidad misma de nuestros poderes y gobernantes. Hace poco, Giorgio Agamben lanzó la voz de alarma: no pueden ignorar que sobre ellos pesa una sospecha de ilegitimidad. El pequeño libro en el que esta sentencia se puede leer se llama (en italiano) «La iglesia y el reino». ¿Antisistema? Mi colega Manuel Cruz se quejaba de que lo más «rojo» que pronuncia la izquierda es esa vaga expresión de «cohesión social». Es verdad. Una palabra mejor, más articulada, y no el bla bla bla quizá sea lo que debamos buscar. ¿Pero dónde encontrarlo?
Las formas en que las sociedades serias se perciben, se diagnostican, se organizan, se ponen en marcha y se convencen de que tienen un camino en el futuro, encierran poderosos supuestos. No constituyen mecanismos naturales, sino misteriosamente refinados. Proceden de escritores persuasivos, de historiadores ponderados, de sociólogos lúcidos, de filósofos capaces y sutiles, de creadores culturales respetados, de instituciones serias en las que todos ellos dialogan y discuten, cooperan y observan. Generan estilos de vida que no se dejan embaucar, que examinan con atención los problemas, que no se entregan al corto plazo ni a la instrumentalización política. Sobre las obras de este conjunto de profesionales respetados e independientes luego se distribuyen diagnósticos plurales a las escuelas y a los institutos donde se transmite la idea de que la inteligencia tiene algo que decir en el presente. Al hacerlo, permiten que los jóvenes respondan con inteligencia, porque no hay nada más placentero que la mímesis de la agudeza, de la crítica, de la identificación de un problema.
No deberíamos despreciar estos trabajos invisibles y constantes. Hoy los líderes de opinión de los partidos hablan y hablan, pero es difícil encontrar en sus escritos una referencia a un libro, a un autor, a una idea. Lo más a lo que se llega es a Tony Yudt. Ellos hablan y hablan, pero creen que con hablar, sin estudiar, sin leer, sin pensar, sin escuchar, solamente produciendo ruido, se dice algo. Nuestra cultura de la palabra es tóxica. Entre muchos de nuestros políticos y otras personas conocidas por sus gritos televisivos, nos atraviesa una delgada cadena con todos los grados posibles de la vaciedad. Esto no se cura fácilmente porque ni siquiera se sabe cómo curarlo. Una prueba: la nueva Ley de la Ciencia, apoyada por consenso de todo el sistema político español, no menciona ni una sola vez a las Humanidades ni a las Ciencias Sociales. Pero menciona centenares de veces la palabra «técnica».
Y sin embargo, con técnica no se hacen seres humanos reflexivos, capaces, críticos, innovadores, persuasivos. Con mera técnica podemos obtener analfabetos motorizados, seres humanos grotescos y rudos, crédulos y zafios, autómatas y perversos. El funcionario que haya hecho esta ley puede tener un aliado en cierta prensa que llama a los que se oponen a este rumbo «personas antisistema». En este saco se puede meter desde un obispo a un imán de una comunidad islámica, a un artista, a un novelista, a un director de cine o televisión, a un historiador o a un filósofo. No es un azar que la gente que lucha por una democracia real luche contra esta forma de ver la sociedad, la universidad y la ciencia. Pero que no se les llame antisistema. Los verdaderos antisistema son los que se niegan por comodidad, miopía, incapacidad y esclerosis mental a dotar a esta sociedad de sentido del trabajo, transparencia, responsabilidad, vida democrática, inteligencia y creatividad que merezcan sus nombres.

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