17 de enero de 2012
17.01.2012

Fraga el refundador

17.01.2012 | 06:30

Emili Piera

La única vez que vi en persona a Manuel Fraga, me llevé una sorpresa aunque, de acuerdo con su fama, le dedicó un rejón retórico a una periodista que había preguntado una bobada. Como el castigo era merecido, nada que objetar. Era a finales de los ochenta del pasado siglo y aquel hombre se mostraba irónico y displicente, torrencial, rejuvenecido. Había tomado aire fresco y comprendido, al fin, que con un suelo conservador de bastante más de cien diputados se podía acariciar el éxito en la confrontación con el imbatible Felipe, siempre que el propio Fraga no fuera el cabeza de cartel, un tipo que, en efecto, venía del franquismo, no se había quitado del todo y, encima, tenía fama de pegar berridos y arrancar el teléfono de los despachos: la refundación del PP. Los socialistas deberían tomar nota del ejemplo y la moraleja. Zapatero ya ha hecho su parte y el Reino de León solo es un hijuelo de Galicia.
La longevidad política de Franco y Fraga (y sus comunes orígenes) sólo me parecen coincidencias anecdóticas. Franco era un cazurro, inmóvil en sus ordenanzas, con un barnizado totalitario; Fraga, en cambio, fue un hombre en permanente tránsito: de la Falange a general de los jóvenes turcos, del Régimen a la embajada ante Su Graciosa Majestad, de la derecha nostálgica a la atlantista y de ahí, al foralismo gallego, católico y sentimental. Si Franco resucita y ve de tal guisa a uno de sus cachorros predilectos, le da un patatús.
Fraga acabó siendo ese perro grande, feo y viejo al que le tomas cariño de tanto verlo por casa. Su hongo british fue una de las pocas alegrías civiles que pudimos llevarnos en el terrible verano del 75, cuando Franco volvía a fusilar. Luego, su propia actuación en Montejurra y Vitoria fue cualquier cosa menos prudente y, desde sus tiempos de ministro de Información, sabía cuanto había que saber en el uso de los medios de formación de masas, que diría García Calvo. Aunque quizás tuvo algo grande —además de su apetito, su memoria y su retranca— en ese saber esquinarse en una mesa de mármol donde jugaba al dominó en Perbes.

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