21 de enero de 2012
21.01.2012

El «negro» y el político

Javier Durán

21.01.2012 | 06:30

El negro de Jaume Matas ni se esconde ni se ruboriza, todo lo contrario: el fiel escriba del expresidente de Baleares aparece en el juicio sonriente, agradable y dando cuenta de su abultada nómina por buscar a la musa que se le escondía al exministro del PP. Y está así de pletórico el tal Antonio Alemany, nada avergonzado, porque el sueño de cualquier negro es alcanzar la categoría de público, salir de la oscuridad y obtener el reconocimiento para vengarse del silencio al que lo ha sometido su jefe. ¿Cuántos negros a sueldo tendrán los políticos españoles? Dicen que la movida tecnócrata, ahíta de porcentajes y números, trae por mal camino al discurso, ahora falto de pasión, adjetivos, poesía, metáforas y memoria.
Lo que se lleva es que el subsecretario le pase al secretario de Estado un río de datos para que este los metabolice y los ponga a disposición del ministro, que finalmente los hará llegar al presidente. El resultado final es un parlamentarismo mortecino, estadístico y mareante. El negro, por desgracia, ha sido relegado a las palabras intrascendentes: la inauguración de una circunvalación o la pavimentación de un paseo marítimo. Ahí es imposible echar en el texto algún florilegio rumboso, impactante.
El negro más controvertido lo tuvo dentro Azaña, que se dividía en dos: cada vez que tenía que encender a la Iglesia y al facherío sacaba su otro yo literario y la cagaba. Y no digamos nada de la bipolaridad de Unamuno, al que se le iba la mano a la hora de defender sus intransitables excentricidades. Uno de los temas que enfermaron a la Segunda República, con su hemiciclo plagado de catedráticos, es que los negros no eran apreciados y que el más o el que menos quería hacer un discurso o escribir un artículo para pasar a la posteridad sin tener en cuenta el contexto. Saber quién conforma el auditorio, qué le gusta a la esposa del alcalde, quién fue el abuelo del director general, cómo se llama el párroco... Cosas en las que los intelectuales no están y a las que el negro profesional le da su necesaria importancia en beneficio de la paz social.
Su misión es mimetizarse, camuflarse, y para ello debe conocer cómo piensa y se expresa su jefe: un error fatal es pasarse de frenada. Ahora está de moda levantar la espuma con el twitter, sin medir ni las consecuencias, aunque también hay gestores de lo público que se atreven con artículos periodísticos. En estos casos, el negro tiene un problema: no puede hacer más interesante, entretenido ni oportuno al que no lo es. El efecto sería cómico y desgraciado para el que paga: su objetivo es que sus votantes eleven a las estrellas su magistral capacidad de mantener la tensión narrativa, sus giros, la concatenación de argumentos, el reposado equilibrio lingüístico de sus frases, la armónica puntuación... Pero otra cosa es que sea carne de la burla por ponerse en su texto unas expresiones muy finas. El negro, ante ello, debe ser fulminado.

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