23 de enero de 2012
23.01.2012

Ciencia y caridad

Camilo José Cela Conde

23.01.2012 | 06:30

Cespués de años con la investigación española puesta en manos de una ministra florero y colaboradores a juego, el gobierno Rajoy ha decidido curar la rabia matando al perro. Al sacar la ciencia de su propio ministerio y sisársela al de Educación, la dictademocracia nos ha devuelto a nuestro sitio. Ahora entiendo lo que quieren decir cuando los mismos causantes de la crisis nos culpan a los ciudadanos de haber vivido por encima de nuestras posibilidades. Nos empeñamos en tener una investigación digna de tal nombre cuando con el horóscopo de los diarios, sobra.
El alcance de la marcha atrás se pone muy de manifiesto con el episodio del centro de investigación Príncipe Felipe de Valencia que acaba de ocupar portadas en la prensa. El centro contrató en 2007 a la doctora Deborah Burks para ponerse al frente del laboratorio de endocrinología molecular. La doctora Burks montó un equipo de investigación que, en tres años, había logrado proyectos nacionales y europeos, publicaciones en revistas del mayor prestigio dentro de su campo y, lo más importante de todo, la confianza de los pacientes en que su calidad de vida pudiese mejorar. Cuando la Generalitat valenciana, esa misma de las carreras de Fórmula 1 y los regalos a los amiguitos de alma, cortó las alas de financiación al centro, la investigadora que figuraba en fotografías e informes como primera colaboradora del laboratorio de Burks se vio en la calle.
Lo normal, vamos. Estamos viviendo la operación perfecta que va a acabar con la investigación después de que la sanidad y la educación anden ya en estado terminal. Pero lo bueno viene ahora. En los últimos días ha circulado por las redes de correos electrónicos la iniciativa que pretende lograr que el gobierno Rajoy modifique el reglamento del impuesto de la renta para que los ciudadanos podamos contar con una casilla destinada a que una parte del dinero de nuestros impuestos vaya a la ciencia. Me juego lo poco que me queda de mi carrera a que eso no va a suceder. Pero mientras soñamos ese mundo utópico, la madre de una chica valenciana afectada de diabetes puso en marcha un proyecto de los de toda la vida. Mediante huchas, meriendas, loterías y venta de pulseras y camisetas, la señora logró recaudar siete mil euros con los que se ha podido mantener el contrato de la investigadora despedida.
Por fin volvemos a nuestros orígenes. Si quienes administran los dineros públicos se los niegan a las necesidades básicas, nos queda el recurso de la caridad. Los obispos iban a poner el grito en el cielo —¿dónde, si no?— de añadirse una casilla en el IRPF para financiar la investigación. Pero se verán del todo complacidos con lo de las mesas petitorias. Sólo nos falta que las señoras bien, marquesas a poder ser, se impliquen, todo collares de perlas y sonrisas, para que no haga falta ya destinar ni un solo euro a la ciencia. Entre otras cosas porque en ese mundo la salud se confía a las rogatorias y los rosarios.

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