30 de mayo de 2012
30.05.2012

El santerón

30.05.2012 | 07:30

Carles Recio

Si en Pentecostés Andalucía celebra el Rocío, en el Reino de Valencia tenemos la romería del Santerón, prácticamente desconocida. La estructura y festejo son muy similares, gentes atravesando bellos parajes naturales a pie o caballo en pos de una Virgen. El sábado estuvimos viviéndola con el profesor Eslava Blasco y otros ilustres ademuceños. A las ocho de la mañana salimos al toque de campanas de Vallanca y durante casi cinco horas estuvimos recorriendo esas montañas cercanas a la Cruz de los Tres Reinos, donde se encuentran Valencia, Castilla y Aragón.
Un dietarista de la Valencia medieval, en documento inédito que próximamente se publicará, nos ha transmitido una versión muy romántica de la aparición de la Virgen del Salterón, que supera las típicas historias de pastorcillos del siglo XVIII.
Era el Rincón de Ademuz tierra de moriscos, que tenían la costumbre de pedir al amo cristiano una trabajadora sexual que les aliviara en sus ardores viriles. Esto lo documentó Sanchis Martínez en su Historia de Alberic.
Los moros de Vallanca pidieron una meretriz al Baile y el señor envió un emisario a Valencia para que en el afamado burdel escogiera una para trasladarla a tan lejano paraje. Vino una mujer mayor, muy bella en su juventud, que aceptó porque en la capital le flojeaban los clientes.
Había sido tan hermosa que siempre blasmaba contra Dios por haberle arrebatado su belleza. Cuando llegó a Vallanca, como era la única disponible, trabajó sin descanso con unos labriegos poco exigentes.
Existía en la sierra un ermitaño llamado el Santerón retirado a rezar en un prado lejano perteneciente al señor de Moya, actual provincia de Cuenca. El sabio cuando bajaba al pueblo no cejaba en evangelizar a los moros, e intentó también convencer a la prostituta, pero esta, envalentonada por la presencia de los musulmanes, se burlaba del viejo: «¡Ojalá me diera Satanás la belleza que me corresponde, porque Dios me la robó!».
No tardó el Diablo en cumplir aquella petición. Se incendió aquella noche la casa de la furcia y al día siguiente su rostro desfigurado parecía más bien el de un perro que el de una persona. Los moritos, al verla tan horrible, la apedrearon y tuvo que huir hacia la Vega del río Bohigues.
Acosada en el bosque, la iza recordó al bondadoso ermitaño y fue a buscarlo. Arriba del todo, completamente arrepentida, se puso a llorar implorando a la Virgen perdón. Apoyó su rostro en una enorme piedra y se durmió. Por la mañana la cara perruna estaba esculpida en la montaña, y ella había recuperado su primigenia belleza.
Bajó por un camino lleno de árboles y flores hasta la casa del ermitaño que, al verla tan maravillosamente transformada, cogió un tronco y talló su bellísima cara en una imagen mariana. Acabada la Virgen del Santerón, murió la pecadora con el alma completamente limpia.
El prodigio sorprendió a todos los pueblos cercanos y empezaron las visitas a la Virgen. Pero enterado el baile de Vallanca que Santa María tenía el rostro de la que había sido su servidora intentó apoderarse de la imagen, lo que le enfrentó al marqués de Moya. Esto podía suponer una guerra entre Castilla y Valencia.
El Santerón, antes de morir en olor de santidad, recomendó que la Virgen se trasladara a Vallanca cada siete años, en recuerdo de los siete pecados capitales que había conculcado aquella infeliz. De esta manera, aunque siguió en Castilla, visita periódicamente su antigua patria. Justamente hogaño se celebrará esta peregrinación que, según el cronista, borra fulminantemente todos los pecados carnales del penitente. Con estos artículos que servidor escribe, me reconforta haber peregrinado a pie, buen remedio para los transgresores del sexto mandamiento.

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