12 de agosto de 2012
12.08.2012

Procesiones y política

12.08.2012 | 01:58

Carles Recio

Las tradiciones son elásticas como chicle. Por ello es verdad que la alcaldesa de Aldaia, Carmen Jávega, ha interrumpido una tradición de 33 años en que la corporación no participaba en la procesión del Cristo, como es igualmente cierto que podría afirmarse que ha recuperado la tradición anterior de asistir.
En nuestros pueblos el boato religioso y el boato civil siempre han coincidido. De hecho, el 9 de octubre era conocido como «día de Sant Donís» y no «día del Reino de Valencia» en la época foral. La esencia de la celebración ciudadana era justamente ir a la Catedral a celebrar un «Te Deum», hasta que en el siglo XIX se añadió el ritual «laico» de visitar la flamante escultura de Jaime I en el Parterre.
No recordamos ningún pueblo valenciano cuya fiesta local sea un acontecimiento civil, todas ellas están vinculadas a un patrón que, en ocasiones, hasta ha sido proclamado «alcalde». Incluso los antirreligiosos han aplaudido estas incoherencias. Por ejemplo, en los poblados marítimos, donde tanto predicamento tenía Blasco Ibáñez y su anticatolicismo, los mismos marineros que blasfemaban en las tabernas eran después los más devotos penitentes en la Semana Santa.
La procesión del Corpus es municipal, pese a su simbolismo católico. Hasta la «fira» setabense, evento eminentemente comercial, está respaldado por Sant Feliu y la Mare de Déu de la Seu. Y en Cocentaina la Fira es directamente «de Tots Sants».
El alma humana es incomprensible, y a la política le interesa estar cerca de la religión, así como a la religión le conviene acercarse a la política.
En el Camp de Túria no es que el alcalde no pueda faltar a la procesión local, es que además invita a los alcaldes de la contornada y a numerosos amigos ajenos al municipio. Por ello cada procesión local se transforma en un «aplec» comarcal de mandatarios, incluso de distinto partido, que después se van a cenar en fraternal comunión.
Vicente Betoret me invitó hace unos años a la procesión de Santa Catalina de Vilamarxant, y desde entonces no ha dejado de ir porque es toda una fiesta. En tiempos de esplendor tras la procesión y la graciosa dación de cuentas del sacerdote ante todos los clavarios, había un espléndido ágape en «Mas de Canicatti», que después ha ido acomodándose a los tiempos de crisis económica. Pero el espíritu festivo pervive, y es muy bonito contemplar a toda una población en el momento más intenso de su fiesta grande.
Gracias a este acto de Vilamarxant fui conociendo las otras procesiones comarcales. El alcalde de Riba-roja seleccionaba un marisco excelente para su fiesta post-procesión, pese a ser carnicero de dinastía. En la Pobla, antes de Mari Carmen, Vicent era el abanderado de Sant Sebastiá. Benaguazil, Casinos, y hasta Bugarra con su alcalde José Manuel, mago de las sandías valencianas en la Serranía. Realmente el acto religioso es la base de la representación civil, y el santo local asume un protagonismo icónico mucho más pronunciado que la bandera o el escudo local.
El laicismo nunca ha ofrecido alternativas lúdicas equiparables. Sólo si algún movimiento neopagano recuperara procesiones a Venus, Apolo o Zeus, se podría exigir a los representantes públicos que participaran en la fiesta. Pero eso se acabó con Fernando Pessoa y no parece que pueda resurgir.
Ha hecho bien, por tanto, la alcaldesa pelirroja de reincorporarse a la comitiva del Cristo de Aldaia. Si los opositores a las procesiones las hubieran prohibido, como en tiempos de la República, ahora no existirían estos problemas. Pero no tuvieron valor. Un ensayista valenciano escribió que no superaremos nuestros retrasos históricos hasta que no dejemos de cortar calles y plazas para que pasen ídolos. Entonces nos perderíamos historias tan bonitas como la que escribió Escalante en su sainete «La processó per ma casa», donde el amor de los protagonistas triunfa como un milagro pese a la férrea oposición del antipático don Ramón.

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