17 de agosto de 2012
17.08.2012

Derechos

17.08.2012 | 03:28

Rafael Rivera

Parece que nuestra sacrosanta Constitución sólo tenga un artículo y un derecho. El que se refiere a la defensa de la propiedad privada en el artículo 33, si bien incluso ese mismo artículo le pone límites y dice que la función social de la propiedad delimita el contenido de ese derecho.Pero la Constitución tiene más artículos y más derechos, y no dice en ningún sitio que el 33 vaya por delante de cualquier otro. Habla del derecho a la vida, es decir, a comer, a descansar, a respirar, a ser feliz. Reconoce el derecho al trabajo, el honor, la intimidad, la libertad, la seguridad. Dice que somos todos iguales ante la ley y defiende el derecho a la salud, a la educación, a la asistencia social, a las pensiones, a la vivienda, a la cultura. Y aún hay más, no crean. Por último, y como colofón a toda esta declaración, en el artículo 128 afirma categóricamente que toda la riqueza, con independencia de su titularidad, está subordinada al interés general.Ya sé que es muy aburrido citar artículos y más artículos. Nada más quería subrayar que la propiedad privada, santuario de este sistema y pieza que si se toca remueve las tripas de todo quisqui, sólo tiene unas líneas en nuestro catecismo civil y navega en un mar de derechos que van mucho más allá del tanto tienes, tanto vales.
Construir todo el rascacielos de un sistema sobre una sola pieza, frágil y acotada, es injusto, absurdo, peligroso y no deseable. Pero es más fácil entregarse al poder y hacer invisibles todo el listado de derechos que los padres de la Constitución parieron con dolor y con la epidural del acuerdo, de los pactos, de las renuncias.
Todos esos derechos no sólo están escritos en los papeles, sino también en la dignidad de la ciudadanía. Y no debemos tolerar que de pronto, el derecho a la propiedad, por arte de magia y del interés de los poderosos, se ponga el primero de la fila.Van todos juntos, como lo aprobamos en su momento, así que no hablen sólo de la propiedad, no pongan toda la carne en el asador para que coman unos pocos, mientras los demás sólo pueden comerse sus derechos convertidos en papel mojado.

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