19 de agosto de 2012
19.08.2012

Alucinación veraniega

Juan José Millás

19.08.2012 | 07:30

Te levantas extrañamente descansado, casi eufórico. Los antidepresivos funcionan. Algo al fin funciona. Son las siete de la mañana, la hora del paseo tantas veces imaginado desde la cama de la que te negabas a salir. Hoy lo haces realidad. Te abrigas un poco porque las mañanas, aquí, son frescas, y te lanzas al camino. Te sorprende la funcionalidad de las piernas, el ritmo matemático con el que alternas el movimiento de los pies, no como si caminaras al compás de una música, sino como si tú fueras la música. Colocas las notas al andar. Esta euforia, ¿cuánto durará?, te preguntas mientras te internas por los caminos sin el miedo habitual a que aparezca un perro loco.
Y el cuerpo responde. Te cruzas con una pareja que sale a correr a esas horas, ella siempre unos metros delante, él unos metros detrás, como si le cubriera las espaldas. Hacen música también al tiempo de correr. De súbito, ella pisa una rama seca y logras distinguir ese sonido de entre todos los demás al modo en que un melómano es capaz de identificar cada uno de los instrumentos de una orquesta. Os saludáis con un movimiento de cabeza en el momento en el que una gaviota extraviada cruza el aire. Cuando llevas una hora caminando, inicias el regreso y te internas en el pueblo, cuyas calles, aún vacías, forman un curioso retículo. En una de ellas tropiezas con un gato muerto. Los antidepresivos no combaten este tipo de situaciones, de modo que el bienestar pierde un grado. Tras comprar el pan y el periódico, regresas por el mismo camino, para ver si los vecinos han retirado el cadáver. Pero sigue ahí, vacío de sí, qué raro.
El resto del día discurre más o menos bien, pese al recuerdo permanente del gato fallecido, que viene a ser como un dolor de muelas de baja intensidad. Por la noche sales a pasear e inevitablemente te diriges a la calle del animal difunto. Sorprendentemente, sigue ahí, lo que significa que se trata de un gato que solo ves tú, de otro modo los vecinos de la calle se habrían deshecho de él. Entonces es cuando piensas que tampoco los antidepresivos son perfectos.

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