31 de agosto de 2012
31.08.2012

Generación del 68

31.08.2012 | 03:27

Ceferino Menéndez

El espléndido libro de Tony Judt, «Postguerra», cuyo objeto es la historia de Europa entre 1945 y 2005, dedica un capítulo, titulado «El espectro de la revolución», a los sucesos de Mayo del 68 que, entre otras, abre con esta cita de Pier Paolo Pasolini referida a sus protagonistas: «Ahora que todos los periodistas del mundo os lamen el culo... Pues yo no, queridos míos. Tenéis cara de mocosos malcriados y os odio, como odio a vuestros padres... Cuando ayer en Valle Giulia golpeabais a la Policía, yo simpatizaba con la Policía porque ellos son los hijos de los pobres».
En lo que a España se refiere, para los que nacimos por entonces, la generación del 68 es, básicamente, la que ha venido ocupando el poder durante los últimos treinta años. Instalados muchos de ellos con comodidad en el tardofranquismo sociológico, llegaron justo a tiempo de descubrir las bondades revolucionarias sobre el cadáver insepulto de un régimen cuya defunción acabó por certificar el propio deceso del dictador. Pertrechados con tan heroico bagaje, pronto se acostumbraron a disfrutar las ventajas de pensar lo que mejor servía a sus intereses y, a rebufo de una transición pergeñada y parida por una derecha vergonzante, asumieron con notable presencia de ánimo el sacrificio de enseñorearse de un statu quo del que nunca habían llegado a estar ausentes. Embriagados de arriar banderas que hacía tiempo que no ondeaban, la hicieron de todo aquello que más les convenía en cada momento y disfrutaron cumplidamente los beneficios de su entrega a una causa sin consecuencias.
Aunque, hasta el momento, el retrato no resulte precisamente favorecedor, algunos miembros de esta espectral generación han conseguido últimamente afearlo. Me refiero a aquéllos que ya no necesitan hacer de la servidumbre a esa trayectoria su modus vivendi y a los que nada les impide, pues, apostatar de una fe que, a fin de cuentas, nunca habían profesado. Llegado el tiempo de rendirse cuentas, ni tan siquiera tendrán ocasión de sentir el desconsuelo de haber acabado pensando como vivieron. Fueron, han sido y son, simplemente, inasequibles al pensamiento.

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