De regreso de un viaje al país vecino, pasamos por Montauban y no dejamos de recordar el mensaje de reconciliación expresado por quien fuera presidente de la República, allí enterrado, Manuel Azaña, en sólo tres palabras: paz, piedad, perdón. Él es uno más de nuestros ilustres exiliados que encontraron cálida acogida en Francia. También lo fueron, entre otros, Antonio Machado, cuyos restos reposan en la hermosa localidad de Colliure; Goya, en Burdeos, hasta su traslado a Madrid; Blasco Ibáñez en Menton, hasta que lo fue a Valencia; e incluso, Sant Vicent Ferrer, en Vannes, hoy su patrón, donde, tras predicar, fue enterrado.

Hoy apenas se recuerda que fue en el Parador de Turismo de Benicarló, antiguo albergue, donde, en ocasiones, se reunía Azaña con los presidentes del Gobierno español y catalán, Largo Caballero y Companys, respectivamente, y se ­desarrolla el texto de La velada de Benicarló, que este año cumple su 75 aniversario. En la obra aparece el doctor Negrín, con el heterónimo de doctor Lluch, que también fue presidente del Gobierno español en la República y maestro médico del posteriormente jesuita Pedro Arrupe. Igualmente, resulta desconocido para algunos que en la finca de la Pobleta, en Serra, vinculada a Vicente Lluch y a su familia, Azaña, acompañado por su esposa, Dolores Rivas Cherif, escribió Los cuadernos de la Pobleta, a menudo rememorados, con curiosas anécdotas personales, por Ramón Cerdá.

No andamos tan sobrados de presencia histórica, entre nosotros, de personajes de tanta calidad, como la del presidente de la República, que igualmente fue Premio Nacional de Literatura por su biografía sobre la vida de Juan Valera, o la del poeta Antonio Machado, quien asimismo tuvo una feliz estancia en la Villa Amparo de la localidad de Rocafort, como para no reivindicar su estancia en nuestras tierras en aquellos convulsos años y la acogida que tuvieron por nuestras gentes.

En este viaje reciente a Francia tuvimos ocasión de comprobar cómo, en Pézenas, se celebra el Testival de Teatro Molière para conmemorar la estancia del dramaturgo. Igual que, en Sête, se celebra el festival de la canción de autor en homenaje a su conciudadano Georges Brassens, co­mo aquí debiera hacerse, por todos, con Raimon y Al vent.

Manuel Azaña se cuestionaba insistentemente sobre la progresión de nuestro país, llegando a preguntarse si no nos habríamos engañado sobre la progresión real, ya entonces, del mismo. Puede que así sea y los recientes acontecimientos confirmen su preocupación. Esta crisis no sólo es económica, sino también de pensamiento. Es como si el progreso intelectual se hubiera detenido. La velada en Benicarló habla de los años treinta, pero, incluso antes, esa preocupación era compartida por otros. Por ejemplo, Benito Pérez Galdós, para quien el usurero Torquemada, en Fortunata y Jacinta, ya anticipaba, a finales del siglo XIX, la actualidad de la crisis de valores. Llegando a afirmar que la sociedad española estaba rodeada por personajes que cerraban su avance.

Pero éste es nuestro país. Poco afrancesado. Tanto en lo político „allí en todas partes figura el lema: libertad, igualdad, fraternidad, equiparable al tríptico paz, piedad, perdón, de Azaña„ como en lo económico, con reconocimiento en numerosas ciudades tanto al financiero filantrópico Jacques Coeur como al sindicalista Jean Jaurés, que incluso aparece en el recomendable filme reciente Las nieves del Kilimanjaro. O en lo religioso, donde las innumerables catedrales francesas forman parte del patrimonio del Estado, sin problemas de IBI, y dejando los oficios del culto aparte. Así podría ser el país por el que Antonio Machado suspiraba, sin que ninguna de las dos Españas nos helara el corazón.