Semanas atrás definía la situación del mundo como una sala de espera. Ahora vemos que el estancamiento se suele compensar con la aceleración. De repente, el nerviosismo despierta entre los aburridos, y lo que parecía un pantano se torna un huracán. Que estamos en una época caliente ya nadie puede negarlo. Los graves problemas que asolan el mundo, sin embargo, no nos cogen mejor preparados que otras veces. La brutalidad, la ignorancia y la pasión parecen dominantes entre inmensas poblaciones, como si no hubiéramos aprendido nada de las grandes tragedias del siglo XX. «Anunciamos la guerra», dicen los airados chinos, manifestándose ante la embajada de Japón en Pekín, cuyo plenipotenciario ha sido la primera víctima. Alguien ha recordado que esas islas lejanas están incluidas en el pacto de protección firmado entre Estados Unidos y Japón tras la Segunda Guerra Mundial. Una noticia que sólo aparece en letra pequeña ofrece una nota complementaria: la industria de armamento de Europa y de Estados Unidos prepara un consorcio capaz de unir todos sus procesos industriales y sus mayores fábricas. ¿Otra noticia que muestra una dirección? El bloqueo de la entrada de China en YPF y el acuerdo de la señora Kirchner con una empresa americana para explotar los inmensos yacimientos argentinos.

Esto parece una agenda que aspira a pararle los pies a China, que no debe sentirse muy feliz de que Estados Unidos ponga en el circuito mundial cada mes 40.000 millones de dólares nuevos, su moneda de reserva. Tampoco tiene que tenerlo del todo claro el próximo presidente de China, que ­desaparece durante dos o tres semanas de la faz de la tierra. Pero he aquí, nadie sabe cómo, y para que todos los agentes sean visibles, que de repente un nutrido grupo de mercenarios asalta y mata al embajador de Estados Unidos en Libia, y una ola de violencia recorre el cinturón mundial del Islam, desde Marruecos hasta Indonesia. Además de ser un ataque a Obama, que el candidato republicano se apresuró a utilizar de forma completamente imprudente, tenemos sobre todo la puesta a punto de un dispositivo que quiere demostrar, una vez más, la capacidad de determinar los procesos electorales de los países libres y democráticos mediante el terror. Que este movimiento contara con información reservada de los movimientos diplomáticos, con planos de los refugios de seguridad, testimonia que gozan de conexiones claras y expresas con poderes reales en el mundo.

Y ese agudo conflicto no nos sorprende con mejores herramientas culturales que en el siglo XVIII, cuando la Ilustración de Lessing y Mendelssohn luchó por reconciliar las tres grandes religiones monoteístas. Incluso es posible que hoy estemos peor preparados que entonces para enfrentarnos a este conflicto, que concierne ya a todas nuestras ciudades potencialmente. Todavía en el siglo XVI, un médico español como Andrés Laguna podía escribir un Viaje a Turquía, en el que explicaba la diferencia entre el castigo a quien blasfema contra Alá y el que se merece quien ofende a Mahoma. Mientras que el primer delito es castigado con cien palos, quien blasfema contra Mahoma, relata Pedro de Urdemalas, el personaje de la obra, es castigado con la muerte. Ante la pregunta inevitable, de si valoran más a Mahoma que a Dios, responde este aventurero: «Dicen que Dios es grande y puede perdonar y vengarse, mas Mahoma, un pobre profeta, ha menester amigos que miren por su honra.» ¿Quién estaría en condiciones de proponer hoy este matiz, capaz de comprender el ancestral sentido de las cosas que irritan a millones de seres humanos a lo largo del globo?

Éste es el problema. El mundo se torna cada vez más problemático y nuestro arsenal cultural es cada vez más brutal y reducido, fruto de una erosión sin precedentes del conjunto de ideas que han mantenido el tono evolutivo del ser humano en los últimos milenios. Esta erosión ha sido fomentada por una educación destinada sólo a formar al homo economicus, pero no al homo politicus, esto es, el que puede abordar la solución de conflictos mediante la toma de distancia y el retardo de la respuesta mediante el diálogo. Lo mismo sucede con el problema que ha estallado en nuestras narices y que sólo los ciegos no querían ver durante decenios: la creciente mayoría de catalanes que apuesta por la independencia. El mayor problema no son estos centenares de miles de ciudadanos, sino la carencia de herramientas culturales que nos permitan entender lo que dicen y así reconstruir con ellos un diálogo cívico. Desde la renacionalización de la educación que impulsó la hoy dimitida Esperanza Aguirre, los españoles nos hemos quedado sin herramientas para entender a Cataluña. Pero no idealicemos. Lo que hemos escuchado de Oriol Pujol nos permite decir que tampoco anda sobrado de argumentos. Su desprecio del derecho y su apuesta por la desnuda expresión de la voluntad es completamente primaria, tanto como lo es la actitud de algunas personas cercanas a Rajoy, que se tapan los oídos y apelan a palabras que los que se manifiestan ya no quieren oír.

No mezclo las cosas. La política interior y la exterior siempre han ido juntas y desde Kelsen sabemos que el verdadero poder constituyente, el que concede a un colectivo de seres humanos el poder para fundar un Estado, es la comunidad internacional de Estados. En este sentido, tampoco estoy seguro de que muchos ciudadanos de Cataluña hayan reflexionado sobre un cuadro que se repite en su propia historia: elegir los momentos de crisis europea para plantear su posición de máximos respecto de España. Creo que los catalanes han tendido siempre a supravalorar a España, algo que viene bien para su cohesión nacional, pero que no deja de tener cierto aspecto ilusorio. Ni en 1640, ni en 1700, ni en 1936 el actor fundamental fue España. Aquí cabría la reflexión siguiente: si España no es soberana para decidir sus presupuestos, ¿de verdad alguien cree que puede hacer soberana a Cataluña? ¿Nos confundiremos de nuevo con las palabras hasta ese punto?

Las cosas van cristalizando, pero todavía lo harán más en el futuro. Y de ese cristalizado se deriva una prospectiva política. O quizá sea un deseo, no lo sé. Lo más fiable de todo lo que crece en el mundo sigue siendo una amistad euro-americana, organizada sobre bases civilizatorias comunes, en la medida en que mantengan una voluntad democrática y renueven su potencia de integración social, la que ha conocido el mundo desde 1945 hasta ahora. Quien no sea capaz de generar virtudes culturales y políticas suficientes para integrarse en ese mundo, y resolver sus conflictos internos de forma cooperativa, que se prepare para la decadencia y la insignificancia, se llamen como se llamen, y se digan independientes o soberanos.