Estamos a punto de entrar en el otoño y es fácil darse cuenta de que el Sol ya no está tan alto como en pleno verano. La mayoría, seguramente, no ha reparado en que, a su vez, la Luna está ganando altura sobre el horizonte. Hoy apenas se nota, porque está creciente y, al caer la noche, anda cerca del horizonte oeste, pero si nos fijamos en su trayectoria por el cielo en los próximos días, cuando esté más llena, observaremos que está más alta que en verano. Ambos astros siempre interpretan el papel opuesto: en invierno, el Sol se mueve muy bajo sobre el horizonte y la Luna va muy alta, de forma que en las noches de Luna llena de diciembre y enero la vemos cerca del cenit. Y en verano sucede lo contrario, es decir, que mientras el Sol cae a plomo desde lo más alto, nuestro satélite se desplaza en julio y agosto a escasa altura en el cielo. Por eso ahora, al cambiar la posición de la Tierra en su órbita alrededor del Sol con motivo del equinoccio de otoño -mañana, día 22-, el astro rey empieza a perder altura y la Luna sube poco a poco. Todo depende de la combinación del movimiento de traslación de nuestro planeta y de la inclinación de su eje de rotación, que se concreta en cambios de perspectiva a lo largo del año. Y eso afecta tanto a las estrellas y constelaciones que se ven en cada estación o bien a la posición en la que se encuentran en el cielo, pero también a los planetas (Venus, Marte, Júpiter...) y, por supuesto, al Sol y la Luna.

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