Tendría yo 18/19 años „justo ayer, vamos„ cuando ocurrió. Iba recorriendo el Guadalquivir, a la altura de la Maestranza por si quieren situarse. Lo hacía con mi primera novia en plan tortolito. En la distancia me percaté de que un hombre se balanceaba de forma temeraria, recostado en el poyete que, hacia el río, podía tener una caída de entre siete y diez metros. Alerté y aceleramos el paso con un pellizco en el estómago. Cuando estábamos llegando, el objetivo en cuestión se volvió sobre sí mismo y lo vimos desaparecer. El corazón me dio un vuelco. Me asomé y allí estaba estampado en el suelo. Como no existían móviles a pesar del escaso tiempo transcurrido, pedí auxilio a lo Tarzán. Me acerqué y el cuerpo seguía inconsciente que es como debía estar desde horas antes. La ambulancia se lo llevó y tardé ni se sabe en quitarme el sobresalto que la imagen reproducía en mi cabeza, preguntándome una y otra vez por qué no me había dado más prisa.

Tamara Salom vio esta semana a lo lejos cómo un hombre andaba colgado del balcón y se puso a correr hacia él. La joven poli, que estaba poniendo fin a su jornada en la comisaría alcoyana, no pensaba que fuera a arrojarse al vacío. Pero lo hizo. Y, para cuando esta persona mayor inició su descenso al empedrado, allí se encontraba ella con los brazos extendidos dispuesta a amortiguar el impacto. Ambos acabaron contusionados sin más. Mientras recibía agradecimientos, Tamara aseguraba que «cualquier persona habría hecho lo mismo». No sé qué decirle. Hay quienes desde una posición privilegiada han ideado fórmulas arriesgadas para llevarse también a gente mayor al huerto y vestir de ese modo mejor el pedazo de bocado reservado para ellos. El que alguien, cuando la motivación profesional no atraviesa su momento más dulce en general, se la juegue por el prójimo supone un mensaje que no deberíamos cansarnos de repetir. A ver si así no caen siempre los mismos.