El presidente del Valencia CF, Manuel Llorente, volvió ayer al ancestral «patà i avant». Nada extraño entre los mandatarios del fútbol español, aunque sea una actitud alarmante en quien se ha quedado sin los socios que necesitaba para instrumentar la rocambolesca operación urbanística diseñada para sacar al club de la quiebra. «Mi única preocupación es el próximo partido del Mallorca», proclamó altivo el dirigente valencianista. En los años que lleva al frente del equipo no sólo ha conseguido frenar la sangría económica „ayer volvía a reivindicarse como un gestor ejemplar y cabe admitir que ha aliviado la ruina legada por sus predecesores„, sino que también ha aprendido a modular (incluso en provecho propio) la amalgama de emociones y sentimientos que persiguen cada domingo al balón desde la grada. Aplica el manual más clásico del universo futbolístico para echar balones fuera y orillar toda responsabilidad personal. Pero llega un poco tarde para contarnos que el club no puede vivir ajeno a la «situación que atraviesa el país». Hace meses que Levante-EMV desveló que los técnicos que administran ahora Bankia no iban a asumir el pacto político que aceptó Rato para desactivar el desafecto que se extendía por los dominios de Bancaja. Era patente en cualquier análisis riguroso y realista. Pese a ello, Llorente volvió a evidenciar ayer que no existe más plan B que renegociar los créditos: otro patadón más y a esperar que otro Dalport nos cuele otro gol de falta directa.