La necesidad de encontrar un modelo de negocio que despeje los nubarrones que se ciernen sobre el periodismo y asegure su viabilidad lleva a veces a plantear soluciones de difícil encaje en la sociedad actual. Un ejemplo de hace apenas unos días lo tenemos en la propuesta que lanzaba al aire uno de los periodistas más antiguos de The Guardian, el editor ejecutivo del área de periodismo de investigación, David Leigh, quien planteaba como solución a los problemas que afectan a los periódicos que los proveedores de internet de Gran Bretaña incrementaran en dos libras la factura que pasan a sus clientes de banda ancha. Ese dinero se redistribuiría entre los periódicos, en función de su audiencia, dejando fuera a los que no tienen más de 100.000 lectores y a todo lo que no sean periódicos. Una cifra de unos 500 millones de libras anuales, de los cuales a The Guardian le corresponderían 100. No ve otra solución Leigh para el periodismo, al menos en Gran Bretaña, en donde los periódicos tienen la competencia de la BBC, que posee una potentísima web informativa de acceso libre, y considera que nadie va a pagar por las noticias y que no hay futuro en su país para los sistemas de pago por suscripción.

La propuesta apenas tiene recorrido. Es arbitrario imponer un canon a los usuarios de internet en concepto de consumo de periódicos, sin siquiera separar como mínimo entre aquellos que leen periódicos y los que no. Supondría (sin entrar, además, en que unos y otros subsidiarían forzosamente sin posible distinción tanto su periódico como aquellos de los que disienten ideológicamente) tener que agregar a esas dos libras, otras dos por cada otro sector que está sufriendo por la aparición de las nuevas tecnologías y el cambio de hábitos y que pueda considerarse vital para la sociedad (¿libros, radios€?), para que no hubiera agravios comparativos; supondría, según la propuesta de Leigh, dejar fuera periódicos locales de menos de 100.000 lectores (o los que fueran, trasladados al mercado español) que tanta función social, al menos, desempeñan en sus regiones, ciudades y provincias; supondría, en definitiva, imponer algo que, al final, tienen que decidir voluntariamente los lectores: qué periódico compran, por qué periódicos y por qué contenidos están dispuestos a pagar.

Distinto sería, sin embargo, que los proveedores de internet entendieran que sin buenos contenidos, sin buenos periódicos, la demanda de banda ancha, al menos en funcionalidades y velocidad, caería notablemente, y por tanto sus ingresos, y no estaría de más que reflexionaran sobre la necesidad de llegar a acuerdos con editoras y productoras y en sus políticas de marketing para captar clientes ofrecieran elegir el acceso a los contenidos de pago de uno o varios periódicos, o libros de una editorial, corriendo a cargo del proveedor de internet el coste de esa suscripción a los precios que previamente hayan acordado con las editoras, sin que suponga aumento de precio en la cuota que paga el usuario. Sería una forma de incentivar la lectura por un lado, y por otro, de asegurar buenos contenidos en internet, porque los buenos contenidos cuestan dinero y como hemos dicho otras veces, si no se paga por ellos, llegará un momento en que no podrán realizarse.

Pero independientemente de este tipo de acuerdos (otra cosa son los agregadores de noticias, a los que habría que exigir ya de una manera más firme que paguen por los beneficios que obtienen), hay algunos argumentos para el optimismo, que no pasan por la propuesta de Leigh. Uno de ellos, que pese a la crisis, la venta de tabletas no para de crecer, y que uno de los usos principales de las tabletas es el de leer periódicos. Sí, periódicos, porque la experiencia de usar los ordenadores para informarse es más la de acceder a webs informativas para dar un rápido vistazo a lo que está sucediendo que leer un periódico a la manera tradicional. Y en las tabletas, la lectura es más reposada e integral, y la gente es más propensa a recuperar o descubrir el placer de leer un periódico y sus contenidos profundos y de calidad. Y están dispuestos a pagar por ello, si merece la pena. El problema es que aún falta una gran masa crítica para que lo que se pierde por el modelo tradicional por los cambios de hábitos de la gente, se gane por el nuevo, y que en esta travesía hay riesgo de morir por el camino, pero empiezan a verse, en lontananza, signos de que no todo es tan negro como podría parecer, esperanzadores indicios de que si las cosas se hacen bien, si se hace buen periodismo y se conecta con las audiencias, el periodismo seguirá teniendo su lugar en el futuro. Afortunadamente para todos.