23 de octubre de 2012
23.10.2012

¿El Populismo identitario es el único futuro?

23.10.2012 | 03:44

José Luis Villacañas

El PSOE sufre mucho en los resultados electorales de Galicia y el País Vasco. En ambos pierde escaños. Teniendo en cuenta que Núñez Feijóo mantiene su mayoría absoluta y aumenta su representación parlamentaria, la conclusión es que la política de recortes no castiga por igual a los partidos que la ejecutan. Los ciudadanos no perdonan que fuera precisamente el PSOE el que la iniciara. Dado que la participación ha bajado en Galicia casi un 7 %, es fácil suponer que muchos de los ausentes son deserciones del voto socialista. Esto es lo que debe hacer reflexionar a los socialistas acerca de su futuro. La decepción de su política deja sin opción a muchos electores, que prefieren quedarse en casa. Por mucho que haya cambiado su discurso, por mucho que haya defendido precisamente lo contrario de lo que hizo en su día Zapatero, el PSOE no parece ser escuchado ni creído. Muchos deberían preguntarse en serio por qué.
Sin duda, la dirección socialista debe programar una agenda de cambio profundo si quiere encarar un futuro en el que se juega su estatuto de partido de gobierno. Hoy ya la suma de los dos partidos nacionalistas gallegos tiene casi tanto porcentaje de voto y representación como el PSG. En el caso vasco ya no puede aspirar más que a hacer de comparsa. En el mejor de los casos, en Galicia se podía haber llegado a un gobierno tripartito, pero nadie garantiza ya que en ese gobierno plural la fuerza hegemónica fuera el PSG. Lo mismo le ha pasado en Cataluña. Su apoyo al tripartito le ha costado la irrelevancia política al PSC, al cederle la iniciativa política a ERC en la época de Maragall. La situación valenciana va por ese mismo camino. Se aspira al tripartito valenciano, pero nadie puede asegurar al día de hoy que la suma de Compromís y de Esquerra Unida sea menor que la representación socialista. Así, la crisis económica ha tenido como primera manifestación política erosionar el régimen de partidos de la democracia española, pero, contra todo pronóstico, esto significa haber dejado al PSOE fuera de las posibilidades de ser un partido de gobierno. Ante la oleada nacionalista que se acerca, el PSOE no tiene margen de actuación en ninguno de los territorios. Hoy la izquierda política ya no pasa a priori por la centralidad del PSOE.
Las consecuencias de este hecho no están escritas. La otra noticia, todavía más sorprendente, es la virulencia con que los portavoces del PP analizan los malos resultados del PSOE. Parecen alegrarse de que el sistema de partidos se fracture, quizá porque para ellos implica un monopolio claro en la aspiración a gobernar. Pero el hecho es que allí donde el PSOE se hunde, allí emergen fuerzas nacionalistas que van a presionar a favor de otro orden estatal. Teniendo en cuenta que estas fuerzas van a encararse sólo con un PP endurecido, que busca el terreno del enfrentamiento para eliminar todo diálogo y dejar sin juego toda opción de reforma constitucional, el panorama no puede ser más desolador. Nadie identifica ahora las ideas de una izquierda moderada. El tiempo de las opciones federales, las únicas razonables, ya va contracorriente y es fácil hacerse la pregunta de por qué en los tiempos de Zapatero no se quiso avanzar por ese camino. Hoy suena a ocasionalismo político, a idea abstracta, no a convicción fuerte.
Así las cosas, en el PSOE se deberían encender todas las alarmas. Como he mantenido en estas páginas desde hace años, no se ha medido bien hasta qué punto Zapatero ha hecho daño a este partido. Es verdad que sólo en un partido a la deriva pudo emerger un hombre como él y, en última instancia, el síntoma de aquel tiempo fue un desarme intelectual sin precedentes y la sustitución de todo ideario por un arsenal de consignas que tenía como condición poder exponerse por completo a grandes titulares en la primera página del diario Público. A pesar de todo, estas causas más aparentes ocultaban un completo deterioro de la vida orgánica del partido, convertido en una máquina de ocupar altos cargos en todos los órdenes de la administración, desde ayuntamientos a cajas de ahorros pasando por universidades y consejos de administración de empresas públicas. Esta reducción de la vida política a la vida burocrática ha generado una casta sin ideales, sin coraje, sin sensibilidad social y sin contacto con la gente. En suma, un partido de aparato de Estado. Cuando el vínculo sostenido en la supuesta normalidad política se ha roto, uno no sabe de dónde va a surgir la energía para recomponerlo. La raza de los verdaderos políticos no crece en la comodidad de los cargos, en las dóciles y oscuras virtudes de los burócratas de partido.
Y, sin embargo, alguien debería intentarlo. Frente a esto, lo demás, no es noticia. El Gobierno de Patxi López sólo podía sostenerse sobre la excepcionalidad de la exclusión de Bildu. Sólo sobre esa drástica reducción de población votante fue posible hacer un gobierno entre PSE y PP. Esta apuesta, basada en el sueño de Mayor Oreja aunque invertido, fue letal, porque mostraba con toda claridad que sólo en condiciones excepcionales podían gobernar los constitucionalistas en el País Vasco. Lo que vaya a pasar ahora en Euskadi es difícil saberlo. El primer portavoz del PNV en diez segundos ha dicho tres veces que ha ganado la opción abertzale, y desde luego así es. Dos tercios nacionalistas y uno constitucionalista nos hacen regresar a los inicios de la transición. Eso es lo que ha traído consigo una política errónea, tan errónea como la que se ha seguido con Cataluña. Que tras treinta y tantos años de vida democrática el Estado tenga hoy una base más débil que entonces, es una tragedia.
Ahora, la cuestión es saber si las agendas de Mas y Urkullu se ajustarán, porque ambos quieren lo mismo: garantizar su hegemonía entre las fuerzas nacionalistas. Otra cosa es si para ambos será más importante la política identitaria que la social y si querrán utilizar a las fuerzas de la izquierda nacionalista para garantizar políticas de derechas sin ser identificados con el PP. Aunque en el País Vasco esto es más difícil, porque el mundo bien organizado de Bildu amenaza con fuerza los intereses del PNV, quizá no se pueda excluir que Urkullu, como Mas, siga una política de acuerdos destinada a ampliar su margen de maniobra sobre la propia base abertzale. Pero también es posible que las agendas vasca y catalana del PNV y CiU se disocien todavía más. Esteladas había entre la gente de Bildu, no entre las del PNV. Quizá Urkullu, que ha pasado por Ibarretxe, sea otra cosa. Pero enfrente no va a tener sino un PP que reforzará las políticas identitarias para ver si se olvida su política social. En el horizonte, el futuro gris y peligroso de populismos enfrentados hoy es todavía más probable. Así que quizá la pregunta sea: ¿sería demasiado pedir al PP una capacidad de discriminación aquí, o por lo menos una respuesta retardada?

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