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Morir por la guerra

Contaba Trías Fargas que en la biografía de Simón Bolívar escrita por Salvador de Madariaga se explica que un grupo dirigente americano dominante, obstinado y sagaz, tuvo que propugnar la «guerra a muerte» para conseguir que los criollos se decidieran a morir por una guerra cuya necesidad no sentían.

Nos encontramos en la Comunitat Valenciana ante un conflicto que creíamos liquidado para siempre y que se reaviva en circunstancias concretas de desmantelamiento y desprestigio de la estructura de poder que ha ejercido su despótica influencia a lo largo de más de dos décadas, con las consecuencias que se aprecian en la cultura, en la economía, en el empleo y en el clima social de convivencia, hoy en riesgo de fractura, por la ineficiencia de quienes son incapaces de controlar una situación que se les escapa de las manos.

Me refiero al inusitado interés en recrear y exacerbar el sentimiento de animadversión hacia Cataluña, los catalanes y la artificiosa polémica sobre la naturaleza y denominación de la lengua que hablamos los valencianos. Quienes tenemos memoria y el cuerpo lleno de cicatrices, producidas por la prepotencia y la sinrazón, hemos visto utilizar vil e irresponsablemente el fantasma del perill catalá para ocultar las vergüenzas y camuflar la necedad y la carencia de conocimientos y de sentido civil que todo pueblo necesita para dignificar su existencia, si no de acuerdo con sus señas de identidad, al menos en coherente defensa de sus intereses. Aquí, a manos de unos ignorantes, por calificarlos con benevolencia, ni lo uno ni lo otro. Por no ser fieles a nada, ni han seguido los postulados de los padres conservadores de la Renaixença Valenciana „Llorente, Querol y los demás„ y por tanto han conducido sus trasnochados planteamientos a un inevitable callejón sin salida.

Este episodio ha escandalizado a quienes siguen, cada día con menor interés, los acontecimientos que en la Comunitat Valenciana marcan la hoja de ruta de la lengua autóctona y sus surcos académicos. Resulta que la más que prudente edición del Diccionari Normatiu Valenciá, propuesta por la Acadèmia Valenciana de la Llengua, nacida por la voluntad política de Eduardo Zaplana, presidente de la Generalitat „procedente de Cartagena y afincado en Madrid„ ha causado el rasgado de vestidura de la caverna intolerante. Por decir aquello tan mesurado que el valenciano es la «llengua románica parlada a la Comunitat Valenciana, així com a Catalunya, les Illes Balears, el departament francés dels Pirineus Orientals, el Principat d´Andorra, la franja oriental d´Aragó i la ciutat sarda de l´Alguer, llocs on rep el nom de catalá» se ha ganado el varapalo del espectro político más recalcitrante y ultramontano. La Academia, a fuerza de intentar ser obediente y hacer buena letra, ha recibido una iracunda descalificación, al tiempo que se suprimía la presentación del Diccionari de forma bochornosa, por presiones de la Generalitat y la inquisitorial pretensión de rectificar la definición consensuada entre los miembros de la Acadèmia que para eso existe.

El pasado 23 de enero recibí este mensaje de un catalán que vive en Valencia: «A les 20 hores fará tres dies de silenci de Catalunya Radio a València». Produce vergüenza que el gobierno de los valencianos se entregue a estas prácticas torpes y enfermizas para satisfacer sus servidumbres, al evitar que lo que se emite al norte del Ebro se pueda escuchar en el sur, en una actitud que, por supuesto, no se reproduce en la barrera pirenaica ni en el Canal de la Mancha, entre franceses y británicos, como tampoco sería concebible entre ingleses y escoceses, en trance de escisión civilizada. No bastaba con la interrupción estéril de las emisiones de TV3, ni con el decreto que suprimió Radiotelevisió Valenciana que dejó a este país sin el único medio audiovisual que utilizaba la lengua autóctona con cobertura en todo el ámbito autonómico, sino que había que escenificar hasta el ridículo un gesto agrio de malquerencia para que el resto de los españoles sepa a qué extremo son capaces de llegar algunos elementos dominantes en la Comunitat Valenciana. ¿Ahora quién es capaz de identificar a los auténticos separatistas que trazan sintomáticas fronteras, no ya sobre tierra, sino en la inconmensurable galaxia de las ondas y los repetidores? Si la Constitución, intocable para algunos, permite y ampara estos atropellos, necesitamos cambiarla. Si la libertad de expresión, de información y de opinión significa algo, es preciso que se eviten estos desmanes.

No hay nada nuevo. Ya tuvimos la desgracia de padecer los efectos de la batalla de Valencia en los años ochenta y noventa del siglo XX, retroalimentada desde Madrid por Fernando Abril Martorell, con el fin de aglutinar en torno al odio artificial contra un pueblo vecino, el catalán, los complejos y mezquindades que emanan de quien carece de propuestas constructivas y de cooperación integradora. Si se trata de morir por la guerra, simplemente que no cuenten con nosotros.

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