S aviano, el autor del celebrado Camorra, presenta nuevo libro, Cero, Cero, Cero, dedicado al mundo de la droga y al ingente tráfico de cocaína que se desplaza a través del Atlántico, desde México a Europa. Escondido en un hotel de Nápoles, fuertemente custodiado por los guardaespaldas, ha concedido una entrevista a la prensa española la víspera de la presentación de su nuevo volumen. Conviene leer esta entrevista porque es decisiva para entender el destino de la sociedad del presente y eso que se llama el Sur. En ella, Saviano nos dice que ha arruinado su vida por dejarse llevar por su pulsión de escribir. En un esfuerzo por distanciarse de las grandes palabras y de las ideas sublimadas, Saviano confiesa que no escribe por buscar la verdad, sino esencialmente por la pulsión literaria de perseguir una historia hasta el final. Es extraño que esta pulsión no lo lleve a imaginar, sino a identificar la realidad y conocerla. Seguir una historia es investigar y desvelar.

La teoría de la literatura que se sigue de ahí se parece a la que llevó al novelista Roberto Bolaño a intentar descifrar el mal del mundo que se esconde en Ciudad Juárez, ese profundo abismo moral que deja a su paso centenares de mujeres enterradas en las arenas que rodean la ciudad. La literatura no busca la verdad, sino la historia, con minúscula, lo que pasa, lo que ocurre, eso que tiene que suceder para que sobre las aceras golpeen los cuerpos muertos, los cadáveres. La imaginación es un poder menor, comparado con la pluralidad concreta de la vida, esa que se deja llevar por todas las tentaciones que crecen en la cómoda situación de quien se protege con el secreto. Por eso la literatura tiene tanta relación con el mal. Ella mira allí donde los personajes se supone que están acogidos bajo el silencio. Esa es su profunda paradoja. Alguien no estaba allí y sin embargo lo cuenta. Pero al revelar lo que de otra manera permanecería oculto, no puede sino sacar a la luz los peligrosos rumbos del alma que se abisma en soledad.

Eso a veces impone que los autores vivan ocultos y protegidos por la policía. Es una continuación de la paradoja de la literatura. Al final, el escritor que persigue una historia hasta el final debe vivir de forma casi mimética a sus personajes: rodeado de gente armada y vigilante, expuesto y retirado. Hace mucho tiempo que es así. El viejo Carl Schmitt, en ese libro tremendo y dolorido que se titula Glossarium, forjado en los sótanos de las prisiones de Núremberg, que él de forma católica interpretó como una expiación por su actuación bajo el régimen nazi, dio esta definición de élite: «la élite es el grupo del que no se puede escribir impunemente su sociología».

Salviano lo sabe: él ha roto la regla y debe pagarlo. Lo despiadado de la definición de Carl Schmitt reside en que hace indistinguible la elite de la mafia. Él sabía de qué hablaba porque había convivido con una que cumplía al pie de la letra esa definición. Por la manera despiadada en que invierte la definición más bien ingenua de Ortega, que hacía de la élite aquel grupo cuya luminosa actuación a la vista de todos es ejemplar, la frase de Schmitt me parece más realista y más fundada en la historia política de Occidente, pero también la más relevante para comprender la historia de la literatura europea. Al menos desde que Naudet publicó sus Consideraciones políticas sobre los golpes del Estado. Cuando contamos los golpes que enumera Naudet, nos damos cuenta de que la inmensa mayoría de ellos se convirtió en tema de famosas obras literarias. Ha ocurrido hasta con el 23 F. El secreto de los golpes fue así perseguido por aquellos obsesionados por narrar una historia hasta el final. Eso hizo la gran literatura moderna.

La diferencia entre civilización y barbarie se puede reducir a esto: la primera permite que se haga la sociología de sus élites. La barbarie, no. El hecho de que nuestra corte, desde tiempos de Felipe II, fuera en cierto modo bárbara e impidiera la escritura de la propia historia, trajo como consecuencia que nos la escribieran otros y que jamás lográramos asentar un arte adecuado de autopercepción. Sin embargo, parece que no logramos separarnos de estos hábitos ancestrales y tomamos al pie de la letra la definición de Schmitt: élite es el grupo del que no se puede escribir. Si no, ¿cómo explicar esa negativa radical a poner a disposición del público el vídeo que ha grabado la actuación de las fuerzas del orden que ha producido la muerte de quince personas? El Ministerio del Interior no puede negarse a revelar dicha actuación. En tanto empleados y delegados nuestros, de toda la ciudadanía, no pueden resguardarse bajo el manto del secreto sin lanzar sobre todos nosotros la sombra de la complicidad. Que la solicitud de transparencia no sea un clamor, indica que la elite española todavía sigue necesitando de la protección de la reserva y que la ciudadanía se la concede gustosa.

No somos ya un país bárbaro, desde luego. Pero tampoco somos un país del todo civilizado. Ahora por fin sabemos una buena parte de la sociología de la élite que configuró la trama Gürtel, como sabemos la historia de la élite que manejó los ERES de Andalucía, o más o menos la historia de la élite que se organizó alrededor de Bárcenas, o el rumbo de actuación que llevó a cabo la élite del caso Palau, como ahora sabemos el curso de las cosas de la élite que se organiza alrededor de la presidenta Barcina de Navarra. Ahora hemos sabido también la élite que se forjó alrededor del Conill. Hemos sabido de repente tantas cosas, que incluso hemos logrado saber algo de la elite que operó alrededor de los duques de Palma, con lejanos derechos de sucesión al trono de España. En realidad, lo que hemos sabido es que todos eran la misma élite. ¿Pero cómo lo hemos sabido? No hemos tenido ningún Saviano que nos lo cuente. Lo hemos aprendido porque asistimos atónitos a lo que se dice en los informes forenses, en los escritos de los fiscales, en las salas de los tribunales, en las voces de los testigos, a veces conmovidas, a veces sufrientes, testigos en todo caso de una larga serie de presiones y de vejaciones.

Nos hemos enterado por un poder del Estado, por jueces que estaban a cubierto de las represalias inevitables de hablar de quien no se debe. A pesar de ello, algunos no quedaron protegidos lo suficiente. Nadie tuvo coraje de perseguir ninguna de estas historias hasta el final y eso que alguna de ellas, como la de Blesa, olía a distancia y dejaba por doquier el rastro que produce la arrogancia y la conciencia de impunidad. Era como si todos los que se rozaron en algún momento de su vida con evidencias de que allí se estaba produciendo algo que debería salir a la luz, supieran que la elite es aquel grupo del que no se puede escribir. Y así dejamos que este país continúe siendo bárbaro, tanto que la UE nos llama la atención por ello. Y un periodista que tuvo la suficiente pulsión para perseguir una historia hasta el final, ahora vemos que también aprende en sus carnes, pagando con el cargo, que la élite es el grupo del que no se puede escribir. Ahora nos enteramos. Pero saber algo bastantes años después, no es saberlo. Al menos no como lo saben los países civilizados, que según ha demostrado una vez más Alemania, lo saben a los pocos días y así toman medidas. El nuestro es el saber de la impotencia y de la culpa, el saber que no garantiza que las cosas no se vuelvan a repetir. El saber de los pueblos todavía semi-bárbaros.