Personalmente en persona, el fútbol no me gusta. Con la edad y la insistencia de todos por tierra, mar y aire, sin embargo, he llegado a disfrutar con alguna de las circunstancias que lo acompañan: un comentario intrascendente con algún ocasional compañero de barra; una reunión con la familia o con amigos, trasegando cervezas, cacaus i tramussols; un mordisco o puñeta dialéctica para enervar al forofo vencedor o vencido... En fin, que hay cosas que no te gustan (el fútbol o los toros, por ejemplo), pero siempre puedes disfrutar de alguno de sus accidentes (las viejas crónicas taurinas de Joaquín Vidal en El País, o las actuales deportivas de J. V. Aleixandre en Levante-EMV, también por ejemplo). Pero todo tiene un límite, más allá del cual surge el sarpullido del hartazgo. Así que no voy a negar que los dos magníficos partidos de Holanda y Chile me han supuesto una liberación, al menos hasta el quince de agosto, sin que tampoco hayan sido, y por lo que veo, una tragedia para los demás. De lo que me alegro, personalmente en persona.

Con cien cañones por banda, viento en popa a toda vela, me he leído el bando que la alcaldesa de Valencia ha escrito en la ocasión, o con la excusa, o a propósito de la abdicación del exrey y la proclamación del rey. Y no sólo lo he leído, sino que lo hice varias veces (quiero decir, tres) y mañana mismo pienso leerlo más. Ahora me callo, porque me he quedado sin palabras, que es la afonía del columnista, pero no creo que sea posible que ese pedazo de bando lo haya escrito ella sola: es como una paella gigante.

El derecho a decidir es un derecho de los individuos y, por tanto, de los individuos asociados (sociedad civil, pueblo, nación...). Como ejercicio personal, el derecho a decidir no tiene otros límites que los éticos y los legales, en ese orden, ni otras obligaciones que las de asumir responsablemente las consecuencias. Como ejercicio colectivo, el derecho a decidir necesita más precisiones: el abstracto derecho a decidir debe concretarse: decidir qué, quiénes, cuándo y, también, cómo gestionar las consecuencias. Las actuales demandas del pueblo catalán o sobre la forma de organizar políticamente el Estado, son dos cuestiones, distintas, que me tienen ocupado, dándole vueltas, echándole dudas: más cercano a las complejidades del sí que a las simplezas del no.

Tengo que ir a Ikea. No sé a qué o por qué, pero me han dicho que tengo que ir a Ikea.