En la figura de Ana Mª Matute se vislumbra el espíritu necesario que caracteriza a un auténtico escritor. Unos simplemente escribimos, otros son un género en sí mismo. Pude entenderlo en el congreso El retorno de la utopía, cuando descubrí la impactante personalidad de la Matute, quien, ya anciana en el 2001, confesaba sus particulares hábitos como escritora. Destacaría de entre ellos, su imperiosa necesidad por escribir de noche, siempre acompañada de un copazo de güisqui y evitando madrugar, algo impensable para los bohemios. Un alma libre, venía a decirnos, convierte su pasión y sus talentos en su modo de vida, respetando fielmente la original forma de entenderla. Aunque eso signifique que te tilden de loco, raro, escritor o filósofo.

Nadie en su sano juicio madrugaría para fichar en una monótona jornada laboral. Resulta insensato hacerlo de buen grado. Ante un mundo aburrido, siempre queda como alternativa el submundo de la fantasía. En cambio, Matute supo diseñar un universo mágico, algo que acabó identificándola entre un género menor, a pesar de sus relevantes premios o numerosos reconocimientos. Muchos la vieron como una contadora de historias, incluso como una señora que escribía cuentos para niños. Esto indignaba a la escritora, quien recalcaba en todo momento que su literatura iba dirigida especialmente a los adultos. La magia o la fantasía recorren el mapa de la vida con el mismo rigor que la ciencia, la filosofía o la psicología. Al fin y al cabo son diversos modos de posicionarse ante el misterio. Y todo es misterio.

Su testimonio rompió las reglas del rancio orden establecido: leía, escribía, pensaba y decidía. Toda una provocación en un contexto histórico avinagrado. Por eso presumía socarronamente de maridos, amantes y aventuras propias de un personaje literario. En su vida resultó imposible trazar una línea entre la realidad y la ficción. Curioso que lo mismo ocurriese en su intensa obra. A mí me fascinaba la personalidad de la Matute.

Echaré en falta sus memorias, género del que renegó y en el que nunca quiso retratarse. Quizá porque pensé que su persona sería inmortal, como su obra. No pudo ser. Con todo, me quedo con el tesoro de las gentes inmortales: su legado. Y en el caso de la escritora catalana ese legado es su magia, pues, sin lo mágico y lo utópico, este mundo sería irrespirable.