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Jesús Civera

Regionalismos reales

La derecha regionalista valenciana anda estos días sumida en el pozo de la depresión por culpa de Felipe VI. Cabizbaja y hundida, apenas le quedan ánimos para recordar el «lapsus» intencionado del nuevo rey cuando en su tibio discurso de coronación apeló a las lenguas de Castelao, Espriu, Aresti o Machado sin sucumbir a los testimonios poéticos, novelísticos o ensayísticos de un Estellés, un Fuster, un Casp, un March, un Llorente o un Martorell, nombres y hombres valencianos de universalidades reconocidas. Espriu, al parecer, ya englobaba a esa parroquia. De ahí que el sentimiento trágico hacia la nueva corona haya prendido entre el regionalismo, y exhale una inflamada turbación. Su conmoción surge, sobre todo, de la duda que motivó el «desprecio» real: o bien la corona es fervientemente catalanista o es que se ha convertido en el emblema de nuestra invisibilidad política. Los círculos identitarios azulados no se ponen de acuerdo, tal vez porque Google tampoco clarifica el misterio o la ambigüedad. Y sin Google, hoy, no somos nada. Curiosamente, el PP valenciano, que forma parte de esos círculos pese a sus despistes , no ha dicho ni pío sobre esta escultura a la marginalidad valenciana esculpida por Felipe VI. El reproche altivo ha surgido, cómo no, de las profundidades de Lo Rat Penat -hay que darle las gracias a Enric Esteve-, aunque esa institución manufactura hoy un ideario como muy apolillado, que no cubre las agendas políticas. Aún así, el esfuerzo de Lo Rat es meritorio: sin él y sin la Real Acadèmia de Cultura Valenciana sería imposible ubicarse hoy en la fantasmal geografía identitaria que ha legado el siglo XXI, donde los puntos cardinales están cubiertos de niebla. Sin antagonismo no hay síntesis que valga, y ambas instituciones, aunque prejubiladas y dedicadas a la arqueología, siguen colocando las banderas en su sitio. ¿Desconsideración indiferencia, la de Felipe VI? Ni lo uno ni lo otro, o ambas cosas a la vez. El rey aplicó en su discurso el programa de los manuales franquistas que se estudiaba en los colegios del idem sobre las lenguas y los dialectos españoles y que además recoge la RAE con pocas variaciones. Y de todos modos, si hubiera escogido a Martorell en lugar de a Espriu, el éxtasis de los regionalistas valencianos se hubiera extinguido enseguida, al comprobar la implícita fusión de los territorios. Para alcanzar el gozo -del regionalismo- tendría que haber citado a los dos, a uno por aquí y a otro por allá. Tampoco mencionar a Fuster (por aquí) hubiera resuelto nada, sabido es. O sea, un embrollo que induce a pensar que el rey acertó (y encima quedó bien con Cataluña, que es de lo que se trataba). El resto son gimoteos, aunque habrá que animar al regionalismo: de más vastos abismos ha logrado emerger.

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