Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Jesús Civera

El giro horizontal

El Consell, siguiendo las directrices de Madrid, ha enviado a miles de funcionarios al paro. El nuevo ajuste que pide el Gobierno

para cumplir el objetivo del déficit significa agujerear (más) los servicios sensibles del Estado social. Es un límite que no es posible traspasar. Llegados a este punto, las exigencias del Gobierno son impúdicas. La imposición de los Montoro y Beteta es ideológica, no economicista. Parte de un recelo hacia el estado autonómico, malgastador y manirroto. Y parte, sobre todo, de una idea que no se quiere aceptar: el Estado «somos todos», también las autonomías. Un Estado horizontal, donde el Gobierno no está arriba y las autonomías, abajo, como dicta la opinión dominante. Las formas de Beteta en sus visitas a Valencia expresan la percepción de dominio y de propiedad. El Estado no regala nada el FLA hay que pagarlo con intereses, pero cuando escuchas a los Montoro parece que «beneficien» a Valencia arbitrariamente. El pacto entre la periferia y el centro suscrito en la Transición situaba a los territorios en un diálogo abierto. Enseguida se vio que no era así: que la descentralización del gasto no se acompañaba de la descentralización «política», por lo que la colisión era inevitable. Cuando la necesidad aprieta, como en esta crisis, las chispas del vínculo mal cerrado saltan con enormes consecuencias. La infrafinanciación valenciana es una de las chispas. Cataluña otra, y muy gorda. El origen del problema sigue siendo el mismo.

El episodio que enciende al Consell en estos momentos no hace sino activar, y recordar, los agravios de los que hablamos. Pese a que el PP valenciano no cree o cree poco en la España horizontal, es rehén de ese concepto autonomista. Y los ultrajes que recibe lo dilatan más. Madrid pide más recortes pero apenas ha vaciado de personal los ministerios y sus colosales ramificaciones. Madrid exige más ajustes, pero se permite el lujo el lujazo de bajar los impuestos. Si no quieres caldo, dos tazas. Madrid pide más austeridad pero su adelgazamiento de la administración central suena a fruslería y su bajada del gasto público no se compadece con el de las autonomías, pese a que éstas mantienen el peso de los servicios.

Visto lo visto, el Consell parece haberse conjurado para cambiar de actitud y exhibir un nuevo rostro. Menos amable, más agridulce. Moragues pilota la mutación. Le siguen Catalá y Fabra. Rus y Císcar vigilan desde fuera. En realidad, existe un muro que hay que derribar y nadie sabe cómo: los pésimos augurios para las autonómicas de mayo. O algo se mueve en el Consell o se muere en el intento. Y en el PP se rememora los frutos que dio el territorio simbólico desplegado en otros tiempos. No quebró en Madrid la idea de la España vertical, que continúa férrea el gobierno, arriba; las autonomías, abajo pero cautivó al personal indígena. Se puede probar de nueva la fórmula, pese a no hallarnos en los tiempos del esplendor, lo que dispara alguna duda. En eso va a estar el PP a partir de ahora, si aún le queda algo de autoestima y previo pacto se supone con Madrid. Al final, aún habrá de darle la razón al instintivo Rus.

Compartir el artículo

stats