Para mí no constituye novedad el que se hable de castas cuando se describe el mundo musical. Grandes filósofos cercanos han recurrido a ese término, claro y hasta cruel, para narrar algo que, por cotidiano, nadie acierta a explicarlo en su nudez.

Tuve algo que ver con los conciertos de inauguración del Palau dicho de les Arts. Nunca en mi ya larga vida profesional he tenido una experiencia más desgraciada. Viví truculencias inenarrables que me llevaron al hospital: alguien coló en mi proyecto de concierto inaugural con múltiples bandas y fuegos de artificio a unos mafiosos impresentables (¡una especie de gurtel ¡)que lograron su propósito: cobrar sin saber ni respetar. Pero no es este el tema de hoy, sino el entreverado asistir „desdichado y feliz„ al final de trayecto de un digamos proyecto, alocado y prepotente: el del Palau dicho de les Arts.

Para comenzar, esos gritos de «Metha, no nos dejes» me recuerdan la lucidez de un Adorno cuando escribía «No existe verdadera vida en lo falso» («Es gibt kein richtiges Leben im falschen»). Y esta filosófica reflexión me ayuda a entender sin grandes sorpresas el hecho de que más pronto que tarde ese burbujeante pensar enladrillado(r) de tantos funestos administradores, aupados por una clake de enardecidos minutos de aplausos y confetis tan solemnes como onanistas, acaban en ceniza y alivios. Nunca más nada semejante. Hay que pensarlo todo ex novo, ser ambiciosamente conscientes de cuál es nuestro muy valenciano y exuberante contexto y, agarrándonos fuertemente a él (esa richtiges Leben de Adorno) mirar a nuestros vecinos, no ya mas por encima del hombro, sino como lo que son: respetables ciudadanos que tienen derecho a un vivir rico y espléndidamente hibridador. No más gestores con su Quinta Vía de Santo Tomás en el bolsillo por todo ideario: el arte y la sociedad está en constante mutación y experimentación, y no atender ese metamorfosearse de lo real, nos puede llevar de nuevo a ese horrísono y desencajado «Madrid odia Valencia€.tal vez Valencia debería hacer un movimiento independentista». Por el contrario, huir de la confrontación y apostarlo todo (digo todo) por un hacer conectivo en el que nadie es chusma para nadie por pensar y proponer de modos otros, nos pondrá en la adorniana vía de lo recto. La vida musical valenciana debe superar toda tentación que nazca desde un obrar de exclusivismos y castas, digo castas, para adentrarse en un mundo de consensos y reflexiones en el que nada, concebido como música, por singular que ello parezca, nos sea extraño.