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Itinerarios

En Madrid, en la Galería BAT de Alberto Cornejo, cuelga sus óleos Didier Lourenço, pintor nacido en Premiá de Mar, con un historial expositivo que alcanza a Los Ángeles y Hong Kong. Su pintura, de trazos precisos y cromatismo suave, refleja en muchos cuadros escenas urbanas en torno a un vehículo muy en boga: la bicicleta. Transeúntes aislados, embebidos en su rítmico andar, parecen indiferentes a la joven ciclista, minifaldera, melena al viento, que pedalea dominadora y potente. ¿Símbolo de emancipación? ¿Mirada al gregarismo ensimismado? En todo caso, es una estampa a la que nos sentimos próximos, generadora de cierta afinidad con los que van y vienen sobre ruedas o sobre sus pies.

Venimos a Valencia. Aquí, en su Galería/ático de arte, Ana Serratosa presenta a la artista francesa Françoise Vanneraud, cuyos personajes en sepia componen un panorama bien distinto. Hombres y mujeres andan apresurados, cargando bultos, maletas, bolsas y bebés en brazos, con rostros serios en los que se insinúan gestos de perplejidad o incertidumbre. Son los desarraigados, los sometidos a un viaje no buscado, a los que Vanneraud representa la «Orografía del exilio». Y lo hace, como afirma Pedro Medina en su comentario del catálogo, «desde una cercanía más honda que la aportada por el documento pretendidamente objetivo, ya que persigue una emoción profunda, y no tanto la simple impresión directa». En estos seres que avanzan en forzosa huída palpita su dimensión de desterrados, opuesta a los viandantes que pinta Lourenço en su serena ubicación ciudadana.

Y sin embargo... Existe un profundo lazo de unión entre unos y otros. La metáfora del viaje como trayectoria vital está presente en ambos casos, acentuada en nuestro tiempo por la inseguridad, las incógnitas crecientes sobre el futuro, que pulverizan lo que creíamos inmutable y agudizan nuestra condición efímera. De un modo u otro, todos somos nómadas, física o mentalmente, en pos de unas certezas cada vez más problemáticas. En la aparente seguridad urbana o en la vía indecisa del exilio, somos todos un poco vagabundos más o menos desnortados, a expensas de mil asechanzas en el itinerario de la existencia.

Pero... atengámonos a lo inmediato. Va a empezar Julio, y la perspectiva de un descanso estival se impone con fuerza. Hay que aprovechar cada minuto de sosiego, cada soplo de aire libre, cada retazo de cielo limpio. Les dejo con otro poeta, nuestro Gil-Albert, que en estos versos supo condensar el placer insuperable de la siesta:

Debajo de la higuera

es el verano dulce.

Debajo del azul del firmamento

se adormece mi casa.

¡Y felices vacaciones!

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