El verano viene aderezado con exámenes. Y lo que nos queda. Una vez más, quien diseña la reforma no la padece; de lo contrario, pondría más tino. Los meses más adecuados para la investigación se diluyen en una mar gruesa de preguntas poco y mal contestadas, sólo consolada con bellas islas de respuestas brillantes. La geografía consiste en el estudio de la distribución de cualquier variable en el espacio, el ¿dónde está?, pero también las interacciones de esas variables, es decir, ¿por qué está ahí? Obviamente, estas relaciones siguen unas reglas y, al margen de la capacidad de retención ó de memoria (a la que Aristóteles definió como "el escribano del alma", y hoy tantas veces despreciada), nuestros alumnos fallan en dominarlas y caen en errores de bulto: asignar el bosque ombrófilo, amante de la humedad, al clima tropical con estación seca; una sabana influida por la fusión de las nieves y con temperaturas de 5ºC; localizar el clima chino en áreas tropicales como el norte de Brasil o Centroamérica, o en Chile o California a pesar de saber que es un clima de fachadas orientales, considerar el clima oceánico como muy frío y complicado para las instalaciones humanas y donde el hombre se adaptó con un tipo de vida esquimal; imaginar la fría tundra poblada de delfines, cocodrilos y jaguares, o bien por el cuervo ¿armizelero?, ó pájaros como el ¿flemming? ó a los renos comiendo vallas y no bayas; ó una Antártida de 200,000 millones de km2. Frecuente fallo es asignar las estaciones secas tropicales al verano, como si fuera el Mediterráneo, donde la lógica no es la del calor, si no la del anticiclón subtropical. Pero cuando lees ivernación, deven, hiervas, herviboros, suabes, emisferio, veneficiosos, no cabe lógica alguna. Tan sólo una ortográfica y resignada lágrima.

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