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Javier Cuervo

Insulto sin recambio

Insultar está muy feo pero no se ha inventado nada que sustituya esta necesidad de malos cristianos y de políticamente incorrectos. Los tres grandes insultos clásicos o han sido abolidos o deberían serlo. El más grave, no puede ser más injusto: nadie es responsable de la conducta de su madre y, además, pocas veces la prostitución es electiva. Es un insulto injusto pero necesario para señalar la maldad reiterada de alguien mientras la palabra «protervo» no gane expresividad emocional. En otro grado de maldad activa se encuentra el insulto que se refiere a la persona que es víctima de una infidelidad conyugal. Si alguien merece la ofensa serán los traidores. El número tres de los insultos principales ha sido desactivado al convertirse en motivo de orgullo. En compensación, el insulto actual entre los adolescentes es «homófobo».

Ya nada se puede señalar de otro con ánimo de provocarle. Lo que antes eran defectos ahora son diferencias y no se pueden nombrar sin eufemismo ni para bien. Lo que antes eran diferencias ahora son igualdades que no deben ni ser vistas por una cabeza sana. En la aldea global, líbrese todo el mundo de motejar a otro por el lugar de origen. Todavía se insulta, sin reproche social, por la falta de honradez pero sólo hasta que los chacineros reivindiquen el buen nombre del «chorizo», producto que en nada merece nombrar a quien no es íntegro en el obrar.

Cualquier palabra sirve de dicterio si lleva la intención de serlo, pero... En una riña entre dos adultos que se guardaban rencor desde la adolescencia uno agraviaba al bien parecido llamándolo «guapo» „no por tildarle de pendenciero o de chulo de mujeres„ sino por denostarle la guapura. Los eruditos alaban la riqueza del castellano para deshonestar pero esas palabras compuestas como robaperas, pelagatos, correveidile, de tanta elegancia despectiva, carecen de fuerza sonora. Llamas a alguien zarramplín y no quedas a gusto.

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