El viento es una variable especialmente compleja, dada su bidimensionalidad y su enorme variabilidad temporal y espacial, acrecentada en nuestra península por su intrincado relieve. Un estudio realizado por la Universidad de Murcia, Aemet, el NCAR de USA y Ciemat así lo ha corroborado, al diferenciar, en los escasos 600,000 km2 de la Península Ibérica, hasta 20 regiones en base al comportamiento del viento. El relieve tiene mucho que decir en esta regionalización. Sirvan de ejemplo el norte de la Cordillera Cantábrica, Pirineos centrales, Valle del Ebro, Meseta Norte, ramal ibérico, las mesetas, Cordillera Ibérica, Valle del Guadalquivir, alineaciones penibéticas y subbéticas, sudeste peninsular, levante ibérico y levante bético. Llama la atención la regionalización catalana, en la que cada sector toma áreas costeras y de interior, por tanto, transversas a las unidades catalánides del relieve. Más clara es el área norte, el Ampurdán. Además de la espacial, tenemos la variabilidad temporal y el ciclo anual es fiel reflejo de ambas. Los máximos se dan preferentemente a finales del invierno y principios de la primavera, meses de marzo y, en el levante, abril. La zona cantábrica tiene un máximo secundario a finales de año y de un valor parejo al principal. A medida que nos desplazamos hacia el sur y hacia el levante, el contraste invierno-verano se suaviza y en dos áreas se invierte. El centro y sur de Portugal tienen un máximo muy destacado en julio, y Andalucía oriental y el sudeste, en junio, mucho más suave. En direcciones, zonas como el Guadalquivir o el Mediterráneo presentan profundos cambios estacionales (terrales en invierno, marítimos en verano), mientras que la costa atlántica y el Ebro son de vientos constantes.