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Matías Vallés

Las europeas no tenían consecuencias

Antes que un acontecimiento, la muerte de la duquesa de Alba es otro síntoma del centrifugado de la actualidad. A finales de mayo se disputaron unos comicios europeos que sirvieron de termómetro a la convulsión nacional. Los expertos se refugiaron en la letanía de que «estas elecciones nunca tienen consecuencias». Nunca antes, debieron precisar. En el medio año transcurrido desde la cita con las urnas, se ha registrado una aceleración histórica sin precedentes en la era democrática. Se han amontonado los relevos en la cúpula institucional por fallecimiento, desfallecimiento, envejecimiento o envilecimiento.

El desdibujado tercer aniversario de Rajoy en La Moncloa ha coincidido con los 39 años de la muerte de Franco. La democracia igualaba en longevidad a la dictadura franquista, si se empieza a contar desde 1936. El envejecimiento apresurado ha afectado al Juan Carlos de Borbón que ha coronado el período constitucional. Encarnar valores eternos no exime de la fecha de caducidad, inmediata a las europeas sin consecuencias y al auge de Podemos. El mismo grito de «el rey no ha muerto, viva el rey» condensa el estupor de una duplicidad que plantea problemas de nomenclatura. La edad es una justificación imprecisa para la abdicación, Urdangarin y Botsuana compiten en impacto con el riesgo de gerontocracia.

El arrinconamiento de un rey en el desván viene acompañado de la dilución de la figura de Sofía de Grecia, casi tan importante como un marido muy reticente hoy a celebrar el papel de su reina. Las europeas inconsecuentes han desmontado íntegramente la Familia Real. Aunque la infanta Elena sirve para enterrar a la duquesa de Alba, no se cumple la simetría de enviar a la infanta Cristina a despedir a Isabel Pantoja. La desaparición civil de la esposa de Urdangarin por su implicación penal viene lubricada por el carrusel postelectoral. El encarcelamiento de la tonadillera no puede desligarse de la frustración con las instituciones que cristaliza en el esplendor de Podemos.

Cayó Lara. Salen de escena la cantante y la aristócrata más representativas del país. Ana Botella se ha sumado al entierro de la duquesa de Alba desde su condición de política en desbandada. En la secuela sísmica de unas europeas sin consecuencias, la dimisión en diferido de la alcaldesa de Madrid determina el fin de la dinastía de Aznar, el líder de Patriotas sin Fronteras. La cárcel itinerante de Matas no solo define al primero, pero no último ministro aznarista que cumple a medias una pena, también se enmarca en la clausura de la impunidad que tuvo su primer reflejo masivo en las elecciones.

El hecho biológico acontece sin intervención humana, pero la muerte de la mayor terrateniente remata los tránsitos de Emilio Botín y de Isidoro Álvarez, el banquero más representativo de este siglo y el presidente de la institución mercantil por antonomasia. La insistencia obliga a relativizar el peso de la ruleta de la fortuna. Dos meses después de las europeas banales, Jordi Pujol se sometía al harakiri, y en la evisceración arrastraba a su familia millonaria. Ardía una concepción de Cataluña para ser sustituída por una versión más radical que se hará caleidoscópica en cuanto colisione con el asteroide Podemos. Sin olvidar al preso Núñez.

Alfonso Guerra estaba aquí desde siempre, aunque sus destempladas declaraciones recientes aconsejan la jubilación que ha seguido curiosamente a las europeas sin consecuencias. El comadrón de la Constitución no se ha apeado hasta que hizo lo propio Rubalcaba, tres décadas de tozuda carrera fulminadas en los vestuarios postelectorales. Pere Navarro se despidió ante la imposibilidad de frenar las taifas de los socialistas catalanes. Dada la mortandad circundante, confieso que he tenido que verificar la dimisión de Patxi López como secretario general del socialismo vasco. En efecto, se produjo y, seguramente de modo aleatorio, después de las elecciones de marras.

En el cardenalicio Gallardón cuesta distinguir el estertor ministerial del brío creador de una nueva formación a la derecha de la derecha. Las excepciones confirman la regla, aunque no lo pretendan. Los tristes supervivientes del tsunami de las europeas sin repercusiones son Rajoy y Vicente del Bosque. Sin embargo, nadie diagnosticaría que se hallan en su mejor momento, y su peripecia actual se acoge a la estampa de los náufragos que se resisten a admitir su decadencia inexorable.

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