Estaba el viernes por la mañana paseando esta columna por el río que se hizo cauce y jardín, cuando de pronto sobrevino un silencio extraordinario. Levanté la mirada del punta-talón punta-talón o la acerqué desde el horizonte, ya no recuerdo, y me detuve. A mi alrededor, sentados o tumbados sobre la hierba, apoyando algunos la espalda contra un árbol, desperdigados y a una distancia unos de otros que respetaba la intimidad de cada cual, observé a veinte o treinta niñas y niños que leían en silencio, ensimismados. Apoyada contra una gran piedra, junto al camino, una maestra cuidaba del milagro y lo hacía posible. Aunque hubiera querido acercarme a la maestra para darle las gracias por su trabajo en la tribu o sentarme junto a los niños para leer en solitario mis cosas, pero en su compañía, me fui para no romper ese momento de perfección al que asistía. Vuelto a casa, me senté a la mesa para atender y contribuir al alborotado recreo de los adultos. Por ejemplo.

Por ejemplo. El pequeño Santamaría, el conseller de Gobernación, sigue aplicado elaborando el listín telefónico de las señas de identidad. Si la semana anterior se hizo la foto o el selfie con la RACV, los colombaires y pirotécnicos, esta tocaba hacérsela con la Federació de Pilota. Y es que el pequeño Santamaría quiere ser como el gran Álvaro: un pilotari de tres pams i mig. Poco a poco van configurando el Observatorio: una atalaya desde la que otean ociosos las tradiciones del y la traiciones al pueblo valenciano, a mayor gloria de lo que puedan rascar en las próximas elecciones defendiendo hiperbólicamente lo que nadie ataca asertóricamente. El pequeño Santamaria dice cosas tan sensatas como que «ni la "pilota valenciana" es sólo un juego, ni esta ley, una ley más»: y se queda tan pancho o tan pincho. Si yo le tuviera confianza, le preguntaría retóricamente qué coño es más la pilota que juegan algunos valencianos o qué más es esta ley que una ley. En fin: comparen ustedes el magisterio (magis) de la maestra que amaba a los niños con el ministerio (minus) del conseller que odia a los que decimos país valencià o aleshores, empeñado en hacer la lista de las señas de identidad y en crear una policía de las costumbres que te pueda parar y pedirte que le enseñes la seña.

Estoy pensando qué pienso sobre el alboroto del IVAM. Parece que no está el horno para bollos y el mío está por salir. Adelanto que entiendo las razones de todos (malament anem) y que me gusta mucho la obra de Miquel Navarro, aspecto que nadie cuestiona. Esta situación de antinomia me tiene en un estado pánfilo. ¿Y si me callara?