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Jesús Civera

El imputado-masa

El severo proceso de judialización de la vida política nivela a unos y a otros en un espacio común, de modo que no se distingue a El Bigotes de Grau o a Crespo de cualquier exconseller medio imputado de viaje al juzgado. Ortega lo llamaría el «imputado-masa», seguro. El clima lo es todo, y ya se sabe que jueces y fiscales alegan la arbitraria «alarma social» -en parte producto de los medios de comunicación y de sus inclinaciones, todo hay que decirlo- para marcar el ritmo y el contenido de las investigaciones o las sentencias. Uno de los subproductos, con perdón, de esa tempestad negruzca -que es también un comercio, no lo olvidemos- bien podría clavarle un aguijón inesperado a Rita Barberá. El asunto de Feria Valencia pinta muy mal. Ayer la alcaldesa recordó que su presidencia no es ejecutiva. De acuerdo. Pero su «gente» orbitaba por el núcleo de la institución y no buscó ese acomodo en un sorteo. Manchado el círculo inferior, estigmatizado el superior, incluido el cetro. Barberá no traspasará la célebre «línea roja», esperemos, pero verá mermada su autoridad: de aquí a las elecciones, una de las grandes y graves tormentas que habrá de capear el PPCV será la de Feria Valencia. La Fiscalía amanece cada día con un brinco mecánico de estupefacción en cuanto se pone a revisar el papeleo. (Hay que decir enseguida que los asombros también son relativos, y muy subordinados a la ética cambiante: antes de la crisis, su medio natural era la indiferencia). Y Barberá parece que ya se ha dispuesto a gestionar ese trauma y estudiar el riesgo. Su prevención muestra su contrariedad, que no hay que confundir con su ira: el Interventor le pasó el informe de la Feria a la Fiscalía sin ni siquiera avisar a Moragues. Cosas del clima embrutecido, como veníamos diciendo. El último, que apague la luz. En esa misma orilla -la opuesta al fabrismo- hay también algún ciclón en el horizonte que podría rozar a Rus. El ciclón es de estreno, hay que precisarlo enseguida. No es una relectura de los clásicos, ni un «remake» puesto al día, ni una reedición de las brisas domésticas. La verdad es que el PPCV anda sumergido en el juzgado más que en la política y esa salsa no entiende de elecciones. Por otra parte, la izquierda, sin asomo de piedad, tampoco ceja en su obsesión de enviar denuncias a los tribunales. El PSPV, EU y Compromís se diría que quieren un PPCV vencido y humillado antes de las elecciones, lo cual es una descortesía: el partido se ha de jugar según lo previsto y hasta el final. La nómina de casos judiciales que acumula el PPCV, casi todos por «invitación» de la oposición, es tan interminable como los pasos de un calvario. Es como si la oposición instara a Bonig y a Fabra a tirar la toalla y a dejarles solos ante los comicios de mayo. En el fondo, toda la práctica de Fabra, en los últimos tiempos, constituye un camino en busca de la indulgencia. Una petición de oxígeno. (Es obvio que la ofensiva judicial será contestada por el PPCV si se queda en la oposición. Y dadas algunas sentencias, hay que guarecerse bien, porque todo político puede acabar en el pozo de la imputación más allá de si ha colaborado en el bien común o de si lo ha denigrado).

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