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José Sierra

Condenados a los cementerios

La propuesta de utilizar el ciprés como barrera contra los incendios está despertando reacciones enconadas. En el ejercicio de nuestra profesión de periodistas asistimos a un rechazo que sorprende por lo visceral y lo infundado de algunos de los ¿argumentos? que se emplean en el debate abierto. En 2012, un violento incendio arrasó los montes de Andilla (Valencia). En medio de las llamas y la ceniza se salvó un bosquete de cipreses donde la Diputación de Valencia experimentaba las posibilidades de este árbol en el combate contra los incendios. El hecho, tan casual como demostrativo, hizo que los promotores del ensayo comenzaran a difundir las bondades del ciprés y sus facultades para amortiguar, que no parar, el avance de las llamas. Por lo visto tocaron sin querer alguna tecla indeseada. Desde entonces hemos oído a los ecologistas hablar con recelo del ciprés, como si se tratara de una «herejía» destinada a robar protagonismo a las encinas, que se mantienen como el árbol favorito del colectivo. También hemos escuchado a algunos ingenieros de Montes y agentes forestales referirse al proyecto con cierta displicencia. Curioso al menos, cuando ambos colectivos, el ecologista y el forestal, se acusan con frecuencia de estar abonados al inmovilismo. La propuesta del ciprés, un árbol como otro „también captura CO2, fija el suelo y su sombra impide el desarrollo del sotobosque„, pero con cualidades innegables que le aportan un «plus», merece cuanto menos respeto. Existe mucha investigación detrás, de muchos años, y por prestigiosos organismos de ciencia de Italia y España, que avalan su uso „que algunos prefieren ignorar, no les vaya a romper no se sabe bien qué discurso„ como barrera de apoyo en áreas cortafuegos . Mientras, hay quien pide ayuda para recrear la sobrevalorada Toscana en zonas vitivinícolas autóctonas. ¿Una Toscana sin cipreses? pregunto. ¿Acaso está escrito que el ciprés es solo para los cementerios?

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