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Vicente

Viejos felices

Acabo de leer un artículo que me ha levantado el ánimo. Resulta que la sensación de felicidad aumenta con la edad. Ni les cuento la alegría que me ha dado saber que los estudios psicológicos demuestran que, a partir de los treinta, nos enfrentamos a un montón de problemas y preocupaciones que limitan nuestra capacidad de disfrutar y entramos en una de las peores etapas de la vida pero que, a partir de los cincuenta y tantos, nos venimos otra vez arriba y volvemos a gozar de un estado de bienestar de lo más gratificante siempre y cuando no andemos sin trabajo, con una vida amorosa de pena o con dolores de espalda crónicos, supongo.

A mí, que no me duele nada, esto me anima porque no sé exactamente cuántos son cincuenta y tantos, pero ando cerca y ya me estoy relamiendo ante esa etapa de felicidad en la que voy a entrar y que hay que aprovechar porque en el artículo no pone cuánto dura. En cualquier caso, los expertos concluyen que los mayores son más felices que los jóvenes, una afirmación que llama la atención a tenor del bombardeo al que nos someten desde carteles, revistas y anuncios animándonos a mantenernos jóvenes con cremas, gimnasios, comidas sin calorías y estiramientos de pómulos, pero, por lo visto, un culo prieto no tiene nada que ver con la felicidad, algo que, lo reconozco, me alegra no saben cuánto.

Según una psicóloga llamada María Jesús Álava, la felicidad depende básicamente de tres factores: la capacidad de perdonarnos, la capacidad de perdonar a otros y la aceptación de las situaciones externas, tres cuestiones que se potencian con la madurez, quizá porque la vida te ayuda a entender que nadie es perfecto y que la amargura provoca arrugas. Pues nada, si la felicidad depende de esto, pongámonos manos a la obra. Yo voy a ver si adelanto un poco mi entrada en ese feliz nirvana que me espera y, aunque nunca he sido de empacharme con autocríticas, me perdono de una vez por haber copiado el examen de griego en Selectividad.

También voy a llamar a un primo con el que no me hablo desde una infausta cena de nochebuena a ver si nos perdonamos por llamarnos de todo menos bonitos, y dejo de enfadarme porque mi crío sea incapaz de hacerse la cama por las mañanas antes de ir al instituto.

Lo de aceptar las circunstancias como vienen me preocupa más. Me conformo -supongo que como cualquiera de ustedes- con que esas circunstancias no me traigan ningún sobresalto. Si es así, me comprometo en cuanto cumpla los cincuenta y tantos a ser un poquito más feliz que ahora.empezar el viaje, es evidente. ¿Quién no ha deseado, si se acabara el mundo, en morir haciendo el amor? Pues eso es lo que nos planteamos algunos antes de subirnos a un avión.

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