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Un libro sin fichar

Cinco policías han sido recientemente detenidos en Madrid por trasplantar huellas digitales de un sitio a otro. Utilizaban, al parecer, una especie de cinta celo que aplicaban a la huella dejada por un delincuente detenido en una casa en la que había robado. Luego, la aplicaban de nuevo a la pared o a la ventana de otro domicilio, en el que se hubiera producido un asalto sin resolver, y quedaba impresa con una perfección de imprenta. De ese modo, endilgaban a un ladrón cinco o seis delitos que no había cometido, provocando entre sus superiores una sensación inusual de eficacia.

Jamás se nos habría ocurrido, pese a haber leído bastantes novelas policiacas, que las huellas dactilares fueran trasplantables. Viene a ser como trasplantar el alma. Imagine su propia huella en una casa en la que jamás ha estado. Resulta un poco inquietante. Cada hogar tiene sus olores propios, sus ruidos personales, sus huellas. Ahí están, en los baldosines del cuarto de baño, en el espejo, en los respaldos de las sillas, en las tazas del café que permanecen en el fregadero... Si tuviéramos la capacidad de verlas y de distinguirlas, como vemos y distinguimos los libros en las estanterías, detectaríamos enseguida las no familiares, las intrusas. ¿Quién ha dejado aquí esta huella?, nos preguntaríamos con desasosiego.

¿Quién ha dejado aquí este libro? Me ocurrió hace años. Estaba echando una ojeada a una de mis estanterías, en busca de algo para leer o para releer, cuando vi un lomo que me llamó la atención porque no me sonaba. Saqué el volumen y evidentemente no era mío. No había pasado por mis manos, no lo había colocado yo allí. Lo busqué en mis archivos, pero tampoco estaba fichado. Hice indagaciones, pregunté, sin resultado alguno, a los miembros de mi familia, y finalmente desistí de averiguar cómo había aterrizado en mi casa. Y ahí sigue, pues no me decidí a desprenderme de él, como una especie de huella dactilar ajena. Podrían acusarme de haberlo robado sin que yo fuera capaz de dar otra explicación a su presencia. A veces pienso que algún amigo bromista, conocedor de mis obsesiones, lo colocó un día en mi biblioteca sin otro objeto que el de provocar mi extrañeza. De ser así, he de decirle lo consiguió. Se titula Joyas del período visigótico.

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