Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Epifanía en Washington

Me ha costado tres temporadas, pero por fin se me han abierto los ojos. He tardado tres temporadas en descubrir de qué van realidad House of Cards, pero lo he conseguido gracias a la magistral, soberbia, espectacular, fascinante y cualquier otro adjetivo calificativo positivo que se os pueda ocurrir tercera temporada de la serie de Netflix. House of Cards no va de política, ni siquiera de dos psicópatas yonquis del poder. No. House of Cards va de un matrimonio y su lucha contra viento y marea para salir adelante en un mundo despiadado en el que, eso sí, ellos son los más despiadados de todos.

Porque House of Cards siempre había parecido una serie de política, una que convertía a El Ala Oeste de la Casa Blanca en el «bambi» de las series políticas, como dice José Luis García Nieves. Pero para los que no veíamos más allá de los tejemanejes de Frank y Claire Underwood, la tercera temporada nos ha dejado claro que ellos y su relación tóxica pero que es también tan imprescindible para ellos mismos como para el devenir de la serie.

También se ha convertido House of Cards, cuya tercera temporada se emitió el sábado por la tarde en Canal + Series, en una creadora automática de iconos televisivos. Como ejemplo una escena en cuestión, que no es spoiler porque no cuenta nada del argumento. En un momento dado, Underwood se acerca a un Cristo crucificado en una iglesia y le escupe. Al momento se arrepiente e intenta limpiar el escupitajo, pero el daño ya está hecho. Eso es House of Cards. Una serie que juega con la ambigüedad, que se deleita en los grises „hasta en la soberbia fotografía„ y que es una de las mejores series del momento. La tercera temporada no ha hecho más que confirmarlo y que encumbrar a Claire Underwood, con derecho propio en el Olimpo de los personajes televisivos femeninos de toda la historia. Nadie ha pisado con más clase, confianza y seguridad los pasillos de la Casa Blanca desde que C. J. Cregg brillaba en cada capítulo de la obra maestra de Sorkin.

Compartir el artículo

stats