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La "mascletà", un solo cuerpo y un solo espíritu valenciano

Ha sido siempre tal la afición a los fuegos pirotécnicos de los valencianos, que el Consell de la Ciutat de continuo legislaba para regularlos, tenía ordenanzas precisas que los normaba, especialmente para que no se convirtiera su uso y disfrute en un caos. Ejemplo de ello lo tenemos en 1506, por acuerdo unánime de los Jurados de la Ciudad «apres de dinar» avisaba el trompeta que hacía público el bando de Corpus que por las calles de la procesión no podía ir nadie a caballo, ni con armas prohibidas, y no gosen fer trons, stufadors coets de polvora.

A los que pirotécnicos que tenía que disparar en cada fiesta, el Consell les hacía presentar una memoria de los juegos de artificio que habían diseñado para la ocasión, una especie de propuesta de ideas a ejecutar con motivo de la festividad, fuegos que eran disparados en plazas como la de la Seo o de Mercado, incluso desde lo alto del Micalet, donde hacían virguerías y malabares los profesionales del ramo.

En 1640, «el polvoriste encargado de los juegos de artificio ese año, Pere Lleo, polvoriste, describe en la Memoria dels focs que se han de fer lo dia del Corpus€que iba a hacer un dimoni de dos cares una de ome i altra de dona dealsada de tres pams i dit diable a de estar armat de foc sinse coets boladors sino sols piula i capellet i per compañía un drac que vacha llansant foc perlaboca i de davant la roca a de aver les armes de la Siutat posades enalt ilo rat penat damunt i tota larroca adestar rodada de foc iro des bombes ipenachos de fo itinc de pintar larroca a monconte asoes fer la blanca i pintar unes armes de la Ciutat acada pla dela roca cladona adeportarunes serps Señides€ una anima de im fer pera la roca nova dels diables ap unes Serps en les mans ique llanse foc de flames al contorn ique acha de quedar dita anima per la Ciutat».

Con la primera «mascletà», Valencia deja de ser silenciosa hasta el 20 de marzo. Las tracas, las carcasas, els trons, los petardos no cesan día y noche. El subconsciente ruidoso de los valencianos se despierta y pone en modo piñón fijo las ganas locas de llamar la atención, de redoblar el tambor ante la noticia de que ya el invierno, los cuatro días de frío que tenemos al año y no nos gustan nada nada se van antes de tiempo, porque lo echamos a patadas enseñoreándonos de la calle.

Lo hacemos primero que nada en la «mascletà», que nos llama a la mayoría del común de la gente para acudir en tropel ordenado e ilusionado a la plaza, expectantes del ruido y amantes del olor a pólvora y el dibujo de sus humos. Un ruido que es ritmo vibrante, avaleantaor de corazones, clave en sí «ha sigut bona» (o no) la «mascletà de hui». Un ruido que aquí no molesta, sino encandila, que es buscado y querido, entendido y que nos une a todos. Sortilegio que tiene el don de ser la única varita mágica que une e iguala a la inmensa mayoría de valencianos al decir de las multitudes que a diario se desplazan al centro peinando la ciudad en busca de los ocho, diez o quince minutos del disparo pirotécnico que nos hace un solo cuerpo y un solo espíritu, un solo pueblo, sin distingos, clases, banderas, pareceres o pensamientos.

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