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Julio Monreal

El Ebro y el mar

Ante la exhibición detallada de la crecida de un río que pudo ser trasvasado, uno no sabe si llorar que el agua se vaya al mar o alegrarse de que así sea por naturaleza.

Después de tantos años de debate y polémica, uno no sabe si sumarse a quienes reivindican el trasvase del Ebro a la Comunitat Valenciana, Murcia y Almería por solidaridad y sed o apuntarse a las filas de quienes denuncian esa aspiración territorial por insostenible, extemporánea y facha. Porque uno intuye que todas las partes mienten un poco. O bastante. Ver seis veces al día en la televisión el detalle de la crecida del Ebro, (ahora en Pradilla, luego en Pina...) provoca en el subconsciente de muchos valencianos ese pensamiento: «Toda esa agua se pierde en el mar y en cambio no han sido capaces de trasvasar una gota al sediento sur». Inmediatamente el otro hemisferio cerebral se revuelve: «No pienses eso. Si el agua no fuera al mar, Vinaros no tendría los langostinos tan ricos que tiene. Además, habría que construir un tubo de hormigón muy largo para llevar el agua, que eso es lo que quieren los capitalistas, hacer la obra». Un lío. Los que reclaman el agua han llegado a veces al esperpento. El hoy eurodiputado González Pons (con nuevo libro; enhorabuena) llegó a hablar de las ´nucleares del mar´ para referirse a las desaladoras que habría que construir (hoy ya están hechas) para producir el agua que catalanes y aragoneses negaban con la ayuda del Gobierno de Zapatero. Fueron tan lejos que perdieron el crédito ante muchos, aunque lo sigan intentando. Enfrente, uno encuentra argumentos demasiado comprensivos ante otras comunidades vecinas, e hipercríticos con la propia, y salen a relucir los campos de golf, el ladrillo, la necesidad de autoabastecerse... Ni el canal Tajo-Segura, ni el Júcar-Vinalopó ni los de Suez y Panamá se habrían hecho con esas miras. Los expertos aseguran que las guerras del futuro serán por el agua, por el control de los cauces, los pozos y hasta los mares. Pues por aquí empezó hace tiempo esa lucha pero espectáculos como el de la riada del Ebro y sus lecturas hacen a uno caer en la duda de quiénes son «los nuestros».

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