Levantarse a las cinco de la mañana no es un placer. Así que no debía llevar buena cara cuando pasé el control del aeropuerto. Iba a una tesis en Bilbao y debía coger el primer vuelo. Pasé el arco sin que el piloto denunciara metales en mi cuerpo. No tuve que descalzarme, contra todo pronóstico, porque en la bandeja de delante abrían sus bocas, entre perplejos y desalmados, dos pares de zapatos deformes. Sin embargo, cuando iba a recoger mi mochila, el vigilante me exigió abrirla. «¿No ha tenido bastante con lo que ha visto en el escáner?», le dije yo un poco descarado, con mi mejor sonrisa de colega, desde luego. «Es que todavía no han hecho máquinas que hablen», me contestó con cierta gracia. Le abrí la mochila. Él metió la mano y sacó lo que llevaba. Dos libros. Uno, la tesis que se debía presentar ese día, dedicada a la presencia de Carl Schmitt en España; otro, un volumen sobre Ginés de Sepúlveda, el cronista del emperador Carlos V que se enfrentó a Las Casas, sobre el derecho de los indios. Cogió la tesis, la sacudió, la hojeó como el que desea expulsar pulgas, y me dijo con energía: «¡Esto puede ser una bomba!». Yo me quedé mirándolo todavía con mi mejor sonrisa y le dije: «Mal va el mundo si a ustedes les enseñan que los libros pueden ser bombas». Por ahí se empieza. Confundiendo los libros y las tesis universitarias con bombas, luego será más fácil identificar a los que los llevan como sospechosos de ser terroristas.

Nuestro diálogo amenazaba con llegar a palabras mayores, sobre todo porque yo no perdía mi sonrisa congelada. Me acusó de venir ya enfadado, lo cual era improbable. No obstante, yo le respondí que la humillación siempre acaba por enfadar al humillado. Luego, como una respuesta de último recurso, acabó por decirme con cierto énfasis que él no era feliz haciendo esas cosas, que no las hacía por gusto y que él era un mandado. Me puso en la mano la mejor respuesta. Si él lo hacía a disgusto podía suponer cómo lo padecía yo. Debía imaginar, le dije, cuál era mi sentimiento al someterme a algo que incluso a él le producía violencia. Ya no salió de ahí. Como yo no dejaba de sonreír, levantó la mano de forma amenazadora repitiendo que no lo hacía por gusto una y otra vez. Las voces llegaron a la Guardia Civil, que siempre opera en retaguardia. Con criterio digno de autoridad superior, no se inmutó y me dejó ir. Así me perdí entre las puertas del aeropuerto, con un mal regusto en la boca. ¿Hacia qué mundo vamos? ¿Regresamos al salvaje Oeste, allí donde una Biblia siempre lleva dentro un revólver? No reclamo un privilegio. ¿Pero de verdad todo libro debe ser examinado escrupulosamente como una posible bomba? ¿Todavía hay que hacer eso por ir a Bilbao?

Hasta donde se sabe, todos los criminales yihadistas de los últimos tiempos estaban vigilados por los servicios secretos. De forma sorprendente, fallaron sus controles en el momento oportuno, cuando estos lobos solitarios se decidían a cometer sus crímenes. Por lo que sabemos, por sus vídeos y grabaciones, ninguno de ellos ha confesado tener los libros como sus armas preferidas. Al opositor ruso o al joven estudiante venezolano tampoco parece que lo hayan matado a librazos. Sin embargo, no se sabe por qué misteriosa conexión, los guardias de seguridad de los aeropuertos han recibido la orden de controlar con especial escrúpulo a los portadores de libros. Es el principio simbólico de lo que se nos viene encima. Ahora, al parecer de forma aleatoria, se examinarán todas nuestras pertenencias, se nos obligará a deshacer todo el equipaje, se nos instará a exhibir ante los anónimos testigos las mudas de ropa usada. ¿Hasta dónde llegará esta exigencia disciplinaria? Nuestra sociedad parece que se orienta hacia una idea de seguridad que está al margen de todo sentido de la dignidad personal. Afortunadamente, fue desechada la idea de los escáneres corporales. Pero sobrevive la percepción de que es la arbitrariedad la que pone en marcha medidas cuyo sentido último escapa al ciudadano, que pronto comprende que es menos problemático encogerse de hombros que preguntar. «Todo por la seguridad», dicen los viajeros resignados en las colas.

Esa docilidad es una nueva virtud en los tiempos de la gobernanza mundial, en los tiempos del cosmopolitismo de puertas abiertas y del humanitarismo. Carl Schmitt habría protestado por ello, desde luego. Quizá con ese especial olfato de los defensores del orden mundial, el vigilante había intuido que en ese libro sobre Carl Schmitt, de verdad, anidaba un enemigo. Quizá el escáner, más sabio, formateado sepa dios en que fábrica americana, se había disparado con señales insistentes y misteriosas que alarmaron al segurata tan pronto detectó el nombre, Carl Schmitt. El caso es que sin saber una palabra de quién fue este personaje, el mundo de la técnica reaccionó con instinto certero contra el que un día fuera su enemigo. Ha de ser examinado cuidadosamente. Y no es para menos. Es su destino. Ser sospechoso, y nosotros con él. En una carta que escribió a Díez del Corral en febrero de 1960 dejó escrito algo interesante. Se acababa de publicar dos años antes un libro sobre él „que luego tradujo la editorial Tecnos„ de un tal Fijalkowski. En ella Schmitt se quejaba de que el autor lo tratara como sospechoso, algo que en verdad era. Más o menos como el guardia de seguridad. Entonces, Schmitt dijo algo que me parece importante para entender su obra. «Jamás me ha visto ni oído, lo que la materia de su libro sabe sobre mí no es mucho más de lo que ha leído en mis libros».

Hoy día nos choca este desprecio de los libros como fuente de saber algo sólido sobre un autor. Si para entender un autor debiéramos verlo y oírlo ¿cómo hacerlo con Platón o con Aristóteles? ¿Cómo hacerlo con Schmitt una vez ya muerto? Creo que hay una dura enseñanza en esta frase de Carl Schmitt. Él no era un filósofo. Era un escritor político. Y quizá no se pueda entender a un escritor político si no se le conoce, se le ha visto, se le ha escuchado, se ha hablado con él en conversaciones protegidas por el silencio y el secreto. Es lógico que un autor así sea inevitablemente sospechoso. Como los viejos escritores políticos del siglo XVII, de los que era su continuador, Schmitt pensaba que sólo quien se hiciera con su personal arcano estaría en condiciones de entenderlo. No hay que olvidar que, tras Nietzsche, quien no tuviera un pensamiento esotérico no era nadie. Schmitt también asumía algo parecido y una vez dijo que quien no hubiera leído su libro sobre «Nordlicht» no debería atreverse a escribir una línea sobre él. Esto es peculiar. Schmitt se pasó la vida escribiendo libros. Sin embargo, negaba el derecho de los lectores a pretender conocerlo leyéndolos.

La escritura política no es solo asunto de persecución, de escribir entre líneas, de camuflar las tesis decisivas entre las alabanzas al tirano o al ortodoxo, como pensaba Leo Strauss. Maquiavelo confesó que dejaba tantas mentiras escritas, que confiaba en que la verdad pasara desapercibida como una mentira más ante los ojos del lector inadvertido. Carl Schmitt, que a veces se declara de su estirpe, quizá pensara algo parecido. La posición implica en cierto modo una responsabilidad final solo ante sí mismo, no ante todos los demás. Esta es la base por la cual Schmitt no podía comprender la política democrática. Para él, toda política era un asunto personal; no había responsabilidad ante algo así como el pueblo o el público. El escritor político, a diferencia del filósofo, no puede vivir sin sus amigos. Ellos configuran el colectivo en el que reina el arcano desde el que ser comprendido. Allí viven los que tienen derecho a conocer y hablar acerca de uno, los que nos han escuchado y oído. Schmitt dijo una vez: «En la vida, uno no prospera sin amistades. Esto es lo decisivo». La política, que es la vida, es un asunto de amistad. El político de la decisión que era Schmitt, en el fondo, vio que en la amistad el destino decidía por nosotros.

Escribir sobre la política supone siempre un lector amigo, aquel para quien se escribe, de la misma manera que actuar en política supone siempre una conspiración forjada en el seno de la amistad. Por eso es secundario mirar los programas y leer los textos de los políticos. Hay que preguntarse quiénes son los amigos. Lo demás parece confusión y palabrería, hablar de oídas. Schmitt, como Maquiavelo, no había inventado todo esto. La gente como ellos se han limitado a decir lo que de verdad pasa, para que las gentes sepan juzgar y ver, actuar y callar. Un autor así es complicado y sospechoso. Nada de extrañar que el vigilante del aeropuerto examinara escrupulosamente una tesis dedicada a su pensamiento. Buscaba bombas. Por lo que a mí respecta, me está bien merecido por leer tesis sobre gente tan sospechosa.