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Al fin, Madrid canta al Villarreal

El Villarreal fue recibido en el Bernabéu, el día de su debú, con fuerte pitada. Fue acto de repulsa de los aficionados madridistas a un equipo que había tenido la osadía de ascender a Primera para codearse con le elite. Más osadía fue que Craioveanu marcara el primer gol. Cayó derrotado como era previsible y al día siguiente, en ABC, su cronista, J.M.C, vino a decir que era indecencia que jugaran en Primera equipos como el villarrealense. Predicaba que la Liga impidiera ascensos de esta clase de menesterosos. Ayer, en la prensa madrileña cantó el buen hacer del conjunto que había tenido, su mayor osadía al empatar y hasta merecer el triunfo ante estrellas más que galácticas. Sólo el contrato de Cristiano es superior al presupuesto villarrealense.

En la prensa madrileña se da el caso de que se obvian los anuncios de los partidos de los equipos valencianos. Hace tres o cuatro años el Valencia-Villarreal, primero de Liga no tuvo una sola línea en El País, en su edición para Valencia, anunciando que se jugaba. Al año siguiente el Valencia-Zaragoza, también primer encuentro de campeonato, ni una línea en la misma edición. Para no remontarnos a los fenicios, en la presente campaña, el mismo periódico, no ha tenido en cuenta que el Villarreal ha jugado partidos de Liga Europa. Se han dado los resultados, pero no se ha advertido al lector de que jugaba en Moenchenglabach o Salzburgo, pongamos por caso.

El empate ha sido una revancha. El Villarreal jugó tal vez incluso mejor que aquél día en que entre Riquelme y Forlán tuvieron la victoria en sus botas y marraron. Por esta vez se ha ponderado no sólo su actuación y resultado, sino el hecho de que Marcelino, su entrenador, acudió a disputar tan importante partido sin Musacchio, Víctor Ruiz, Vietto, Uche, Trigueros. Jonathan dos Santos, sin Bruno, lesionado y Cherychev inhabilitado por la cláusula del miedo. Sin ellos el equipo se fue al descanso sin haber encajado un gol, lo que no habían logrado los anteriores visitantes. En la segunda llegó el penalti. La misma jugada hubo en el área del Madrid, pero esta vez el árbitro no se atrevió a sancionar al anfitrión no vaya a ser que ello tenga efectos secundarios.

La aparición de Trigueros y Vietto cambió el panorama y Ancelotti, tras el empate, empezó a levantar la ceja. No tuvo mejor ocurrencia que prescindir de Isco para alinear a Illarramendi, mejor defensor. Se temía lo peor y el público no lo entendió y se la armó.

El Villarreal se tomó la revancha de los pitos del debut y las insidias del primer encuentro. Esta vez no ha habido lugar a los reproches, sino todo lo contrario. Al fin se ha tomado en consideración a un equipo de pueblo. (Y a mucha honra).

Villarreal, la ciudad, entró en el mapa de España a patadas cuando su equipo ascendió a Primera. Un país que suele desconocer su historia, su geografía y hasta su idioma oficial («delante de mí», «detrás suya»), se pasó años preguntando dónde estaba situada. La Liga la ha puesto en las grandes rutas balompédicas. Ser semifinalista en Liga de Campeones constó para la historia, pero tal vez menos que el empate en el Bernabéu.

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