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Jesús Civera

La tormenta perfecta

El PPCV discurrirá, en estas elecciones que vienen, sobre una tensión descomunal: las sombras del pasado forman un tótem que amenaza con quebrar cualquier promesa de futuro. El modelo económico adoptado por el zaplanismo y el campsismo está impugnado por los cuatro costados. Cosas de la crisis. Entre 1996 y 2008, el PPCV se abrazó a los tres sectores económicos que estallaron en la gran burbuja: la construcción, el turismo y los servicios. Los desequilibrios se sufren hoy en carne viva. El desempleo supera el medio millón de parados y la práctica liquidación del sistema productivo no presagia signos de esperanza. El sistema financiero valenciano se esfumó y está en manos de delegados que han de pedir permiso a Madrid para tomar decisiones. El sistema público que debía fomentar el desarrollo económico anda marchito o enterrado: la Feria agoniza, el IVEX es una fantasma, los institutos andan entre tinieblas. Una de las consecuencias inmediatas del apagón restalla sobre la capacidad de influencia valenciana, que está bajo mínimos. Los símbolos del eclipse merodean la agonía actual: el Palau de les Arts, infracinanciado y compartiendo juzgados con la Fórmula 1; el nuevo estadio del Valencia, varado; en venta la Ciudad de la Luz y vendida Terra Mítica. La crisis, sí, ha desmontado el modelo, pero las crisis son cíclicas y hay que resguardarse a tiempo.

Pero no sólo eso. Después de veinte años, la fragmentación provincialista bulle como nunca, porque ha faltado un proyecto político unitario. Ni el zaplanismo ni el campsismo nutrieron una masa crítica alentadora del espíritu colectivo, vistos los resultados. Tampoco lo han hecho los empresarios -de AVE a Conexus­-, plataformas rendidas a las servidumbres cotidianas y bañadas por el marco referencial del PPCV, que establecía el presente como única verdad. El pasado era malo -socialista- y el futuro suponía un compendio aleatorio: ya lo moldearía la realidad económica y social. El brutal intervencionismo en unos sectores contrastaba con una laxitud alegre al enfrentar los patrones valencianos para que descansara el porvenir. El futuro se dejó en manos de la improvisación porque lo sustancial era el control del presente a partir de un aparato de oligarquías desparramadas por la sociedad civil bajo argumentos muy escuchados: el castigo de Madrid o la Cataluña invasora. Las actuales Señas de Identidad caminan por la misma senda.

Era obvio que el PPCV, pese a su mayoría absoluta, se tenía que desangrar en paralelo al colpaso económico y social. Lo otro hubiera sido un milagro. La oposición ha adornado el ocaso al trasladar a los tribunales la herencia del PPCV, que soporta una tormenta perfecta. Sus errores desde 1996 -su «dejar hacer, dejar pasar» en la economía- se han unido al austericidio impuesto por Europa, sumado a la enorme deuda y al colosal déficit. Si un partido no cruje ante esa tormenta es que es Dios. Ha sido imposible que el PP permaneciera cohesionado. Para recomponer todo ese lastre -el genuino y el exógeno- se necesita clamar a los cielos y que estos te escuchen. Ya puede Fabra comenzar los ruegos.

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