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Jesús Civera

Requiem por la huerta

La huerta de Valencia es un cadáver muy activo porque los intereses urbanísticos, políticos, ecologistas y oligárquicos lo pasean de aquí para allá sin dejarlo descansar en paz. Uno cree que la huerta de Valencia se merece un RIP inmaculado, en lugar de bailar sus restos al albur de las distintas necrofagias. Su asesinato forma parte de una operación calculada, aunque haya sembrado de pistas el lugar del crimen. Como proclamaba aquella novela rosa surgida de la Francia de los setenta: «todos somos culpables». Por acción u omisión. Los intereses empresariales, cuya ética, si la hubiere, anda resguardada bajo siete llaves (Adela Cortina busca y rebusca en los sotanos del capitalismo un luminoso rayo de ética, o sea, un imposible. ¿Desde cuando la selva de los negocios está en disposición de alumbrar principios virtuosos, compasivos, honrados o caritativos?) y la intelectualidad oficial, cuyo silencio fue atronador, cuando no colaboracionista. El campus de Tarongers de la Universitat de València, y también el de la Politécnica, se levantan sobre antiguos huertos de coles, lechugas y tomates destinados a los estómagos valencianos tras detenerse en la estación del Mercado Central, principio y fin de la Valencia inmortal. En esas aulas se enseña el código penal o la metafísica de Aristóteles pisando la antigua huerta de Vera, pulcra y rectilínea, universal, labrada sobre generaciones perdidas en la memoria, el mayor monumento del ser y el estar valenciano. El homicidio se cometió, hace pocos años, y con menos debate que legó la construcción de la Pirámide del Louvre. El «meninfotisme» del alma intelectual más ilustre ensanchó aún más la herida. En fin. Hoy la Universitat trata de rectificar su pasado e impugna el PGOU de Barberá, palanca del homicidio perpetuo sobre la extension delicada de nabos y calabazas. Nunca es tarde. En esa aberración con patas llamada Ley de Señas de Identitad -que sale al mercado pegada a un Observatorio- ni siquiera aparece la defensa del verde mausoleo. Podría haber incorporado la ley la protección y promoción de la huerta para abastecerse de alguna pizca de sensatez, y quizás convertir sus vestigios dorados en Patrimonio de la Humanidad. ¿No es irrebatible que la huerta -proveedora de la caracteriología indígena- debería constar en los documentos universales al lado de La Lonja, del Palmeral de Elx o de las venideras fallas? La huerta que rodea Valencia -sus despojos, pues quedan pinceladas crepusculares de sus antiguas riquezas- aún constituye un ámbito único, que ha labrado toda una cultura. Por eso, porque la hemos liquidado con sufrimiento, al menos deberíamos guardarle duelo y respeto, y enterrarla con honores. Y enmarcar sus pedazos sueltos que abrazan Valencia con la obediencia y la admiración de la gente cercana, llorada e ilustre, ya desaparecida.

El chachachá. En cuanto se descuida, el PSPV se deshilacha. No hay solución. El instinto le hace comparecer en primer lugar para enaltecer las luchas intestinas, aunque el ruido ande descarriado por el PP. Las listas están próximas, y las pagas extras de los diputados han servido para desenvainar las espadas. Ni el ideario que expande la dirección importa ante las conspiraciones. Tampoco impotan los daños colaterales. El PSPV en su salsa. Incluso Francisco Toledo parece desconocer la biología de una organización política, pese a llevar cuatro años sentado en la bancada de las desdichas. Su grito desesperado se exhibe en antesala del 24-M. Un buen momento para hablar del chachachá.

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