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Podemos y la deuda de la Generalitat

Podemos es rabiosa actualidad y su primera parada será, en dos meses, en unas elecciones autonómicas cuyo resultado va a abocar a unos pactos que van a tener que enfrentar la grandiosa deuda de la Generalitat Valenciana (GV). Ningún grupo político ha planteado un programa creíble para solucionarla, pero al menos sabemos que tienen un cierto conocimiento del problema. De Podemos, una de las patas en las que el futuro Consell podría apoyarse, nada sabemos, por lo que respetuosa y democráticamente hay que pedirles que algo digan al respecto. El día después de las elecciones, los valencianos seguiremos enfermando, los colegios seguirán abiertos y no habrá dinero en la caja de la GV. No puedo imaginarme una reunión de urgencia para resolver el día a día de la GV, entre el equipo de Montoro y una asamblea, más bien difusa, a la que Podemos tiende a referirse. Hablamos de cosas de comer, no exactamente de medir la maldad intrínseca de la «casta».

En defensa de Podemos y sus gentes hay que decir que no sólo ha sido la borrosidad de sus propuestas adolescentes lo que ha impedido un debate intelectualmente solvente, sino también el desatino del PP y de muchos medios estatales que intentando sofocarlos, han descalificado cada euro que llegaba a la formación. El episodio ha aplazado todo posible debate serio, aunque al menos ha servido para aflorar la incapacidad de algunas universidades públicas españolas para resolver problemas que les han llevado a enredarse para resolver temas que cualquier entidad privada o pública solvente habría finiquitado en pocos días. Envueltas en su autonomía universitaria, la Complutense ha sido incapaz de pronunciarse sobre la imposibilidad de una actividad privada de un profesor con dedicación exclusiva y la de Málaga, de hacerlo sobre la ejecución de un nebuloso contrato de investigación relacionado con la vivienda en Andalucía desarrollado desde Madrid. Más que poner en duda las cuitas de los tales profesores, la ineficacia de los rectores ha mostrado la inutilidad de lo políticamente correcto y de gobernar una institución en función de los votos que vayan a recibir en el claustro. Dejemos a las universidades con sus responsabilidades de no gobierno y vayamos con la deuda pública.

A tenor de la actualidad internacional el primer tema que aparece en lo que, hasta ahora es un debate virtual, es preguntar por el efecto del asesoramiento a Venezuela de los profesores de Podemos, que no ha podido salvarse de su actual catástrofe hiperinflacionaria. Ellos no tienen la responsabilidad de todo aquello que el chavismo ha generado en el periodo de Maduro. La respuesta iría en la línea de que nadie podía sospechar la deriva tomada por el precio del petróleo de la que dicen es víctima Venezuela, ante el nuevo equilibrio energético. Quizás tengan razón, pero deben admitir que sus primeros pasos económicos no han sido un éxito y Venezuela incrementa su deuda, una situación que desgraciadamente lleva años viviendo la GV. En algún momento sus elegidos valencianos (no sus festivas asambleas) tendrán que parlamentar con el gobierno de Rajoy, por desagradable que les resulte.

Algunos economistas americanos y europeos, por ejemplo el Nobel Stiglitz, piensan que la austeridad en Grecia y en España, es una cuestión de opción ideológica o, si lo prefieren, de un mal uso de las reglas económicas. Por tanto, quienes abogan por la austeridad se supone que son (somos, por aquello de mojarse) personas, si no intrínsecamente malvadas, al menos ignorantes, que deberían avergonzarse por defender tan errada y cruel práctica, cuando debe existir alguna alternativa más suave y amable como apasionadamente dicen Syriza en Grecia y Podemos en España, que hablan de vías sin dolor a cargo de otros. Aquí la reflexión sobre la «casta» es inmediata. La solidaridad con Grecia es obvia. Al menos sabemos que Atenas será la referencia en los dos meses que restan hasta las elecciones.

Una tercera pregunta es sobre lo que puede pasar si alcanzan el gobierno de la GV. ¿Qué harán con la deuda autonómica que estará por encima de los 38.000 millones de Euros? La respuesta que se intuye es «No la pagaremos». La factibilidad de tal posibilidad ya se conoce con lo que está pasando con Grecia, aunque en este caso, afortunadamente, no la debemos a los Bancos, sino al Reino de España, que tiene la liquidez que la troika ha decidido concederle. Otros partidos de su previsible coalición han caído en la tentación de proclamar que sólo pagaran la «deuda legítima», como si en todos y cada uno de los 38.000 millones de Euros, ahora en el FLA, llevara escrito en una esquinita una «I» o «L», de legitima e ilegítima.

Un líder político valenciano decía esta semana: Vivimos en una Comunitat «a punto de ser fallida», en situación de emergencia real y al borde de la ruina no solo económica sino «social y moral». «Esta región de cinco millones de habitantes, otrora puntera en España, está por debajo de la media nacional en todos los parámetros». No creo que en esta tierra donde el «caloret» se acepta como chanza y no como un insulto colectivo, vaya a ser un argumento que le ayude a ganar las elecciones, pero la confesión tiene al menos la confortable sinceridad de la confianza. Felipe González, en Washington, al ser preguntado sobre las elecciones en España respondió que la hegemonía bipartita ha terminado. «Vamos a un modelo italiano pero sin italianos», dijo. «En España el factor dominante lo definió Unamuno con el sentimiento trágico de la existencia. Y el factor dominante en Italia, por fortuna para Italia, es: vivamos lo mejor posible que la vida es corta». Posiblemente olvidó que los valencianos también somos españoles porque aquí digerimos con facilidad asombrosa el insostenible estado de nuestra deuda, de nuestro déficit y de nuestra lengua hablada desde unas torres emblemáticas. En el fondo somos parientes cercanos de los italianos por los que Felipe suspira. Sin embargo, uno nota a faltar algunas gotas de Unamuno, pues un poco más allá de Italia, en el mapa, aparece Grecia centrada en profetizar lo que deben hacer Alemania, la UE o el FMI, cuando su futuro está en desarrollar sus capacidades productivas, más allá del difuso conjunto de reformas estructurales. ¿Cuál es la alternativa que se propone a la, sin duda despreciable, «casta» valenciana?.

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