Salgo a callejear, a solearme. Cartelería urbana: El francotirador, de Eatswood; Arriaga Asociados; «Falles València, la Marca que ens unix i ens fa grans». El director me gusta, la película me aburre, el actor me provoca rechazo. Además, desde París, en la Ilíada, los que matan a distancia o con drones no tienen buena prensa: difíciles protagonistas, jamás héroes. El caso de los abogados es único: la ruina que un banco ha llevado a los particulares ha supuesto un magnífico nicho de negocio para los bufetes especializados. Parece que en una sociedad como dios manda (si es que dios existe y manda alguna cosa) los poderes públicos deberían obligar directamente a la reparación del daño, de una estafa: una justicia pública, de oficio, rápida. Deben ser las víctimas del engaño, sin embargo, quienes se paguen con la calderilla que les quede su derecho a la justicia. Las Fallas. Las fallas son la fiestas del pueblo, un tiempo extraordinario para la diversión, la distracción o la huida. No sé si nos unen, pero no nos separan. ¿Marca? Marca, mercado, producto, se compra y se vende: una mierda. Las Fallas de València no son una marca, son las fiestas de un pueblo.

Pere Maria Orts: gràcies.

La inauguritis es una inflamación del aparato inaugural. Aquí estamos viendo como se inauguran 300 metros de un circuito para correr, que tendrá 5.000 en un futuro, y que paga una fundación privada, o un hospital para el que tuvieron que pedir tres camas y un ministro. Después está lo de las placas: «Esta cosa la inauguró Pepito de los Palotes, condenado a ocho años de prisión por cohecho y malversación». Propongo que no se inaugure nada (y nunca dos veces). En caso contrario, que lo haga un ciudadano elegido por sorteo. Mejor no colocar placa conmemorativa. En caso contrario, hacerlo en memoria de los nacidos y fallecidos en el día de la fecha. En todo caso, queda terminantemente prohibido que Rita Barberá ponga la primera piedra del Parque Central («Me gusta el calçotet») o Central Park («I love el calçotet»). Me da algo. Sólo el que esté libre de pecado pondrá la primera piedra.

La diversidad es positiva y acrecienta la calidad democrática (necesidad de llegar a acuerdos, mayor control de los unos sobre los otros, mayor transparencia); la dispersión es mala y negativa, inútil. El problema es que tenemos prejuicios, inercias sociales y un sistema electoral que convierten la diversidad enriquecedora en una dispersión malograda. Guanyem, Compromís, Esquerra Unida, Podem, un buen trozo del PSPV.

Parece que el vicealcalde está un poco embarazado.

Félix de Azúa: «El éxito televisivo de Podemos se debe al uso de un lenguaje arcaico y simple». ¿Quiere decir que el fracaso televisivo de otros se debe al uso de un lenguaje vanguardista y complejo?