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Jesús Civera

Tres fracasos y un éxito

Al margen de protestas e intereses domésticos, las lágrimas vertidas sobre Canal 9 son ajenas a las imágenes de la pequeña pantalla, a su desbocada plantilla y a los manoseos informativos, tan groseros y reiterados. Canal 9 formaba parte de la simbología valenciana, aunque se incorporara a última hora. En la escala de la mitificación subió muchos puntos en poco tiempo y se unió a la mascletá, al Corpus, a la Senyera -«amb blau o sense»- o al Tirant en versión cómic. Su liquidación, cuando La Mancha o Madrid, que son autonomías salidas de una chistera, mantienen sus televisiones, supuso una violación del imaginario colectivo. Fabra la quemó en un auto de fe que intentaba lavar la culpa original de su partido: con Zaplana medio paisanaje valenciano fue contratado en el pirulí de Burjassot. En realidad, Fabra se ha pasado estos años limpiando los pecados de sus antecesores. Enterrada RTVV, sin embargo, no ha sido capaz de buscar un placebo que actuara de relevo. Sus ideas han fracasado. La principal, la de TVE. Desde que se apagó Canal 9 y se anunció que TVE cubriría detalles de ese vacío, no ha habido manera de que Madrid doblara la cerviz. La opción reformista ha finalizado en otra frustración.

Segundo fracaso. El otro gran fracaso de la legislatura ha consistido en aplastar a la Acadèmia Valenciana de la Llengua, retirándole el título de referente del valencianismo lingüístico. Nació con fórceps hace quince años para obrar un territorio de paz. Zaplana, Romero, Pla, Grisolía y los demás fueron actores del pacto. Lo que ha hecho Fabra, con la inconsciencia, la candidez o la ignorancia de quien da una patada a un bote en la calle, es cargarse todo ese edificio levantado con esfuerzo y no poca sangre. Es una imprudencia de enorme calado. En su afán por combatir el pasado inmediato, no ha reparado en que la AVL se hallaba en otra esfera, por encima de los caprichos cotidianos. No hay que despreciar el juego de símbolos en la política valenciana. La política española actual todavía se nuclea sobre la idea de España. El «problema» catalán ilustra sobre el fenómeno. En la CV sucede lo mismo, aunque el fenómeno esté enterrado sobre capas de hedonismo y «meninfotisme». En cualquier caso, el intento de equiparar a Lo Rat Penat o a la RACV, entidades privadas, con una institución nacida del consenso político ha sido el mayor error de Fabra como presidente. Tal vez no perciba sus consecuencias ahora. Ya lo hará. El hecho tiene enorme trascendencia. La portavoz Catalá, ayer, no supo explicar, de nuevo, los pormenores de la animalada, que destruye años de confluencias.

Tercer fracaso. El escaso peso de Fabra en Madrid le ha conducido a maniobrar por los despachos en lugar de buscar el cuerpo a cuerpo. Todos los expertos, todos los partidos, todas las instituciones, todas las academias, han levantado la voz unánime sobre el agravio económico que soporta la CV. Esa insólita convergencia se diría que ha sido extraña a Fabra, que no ha sabido pilotar la reivindicación. Cuando parecía encabezarla, algo hacía que se desmoronara al final. Sucedió con el frente de presidentes autonómicos. Finalizamos la legislatura, por tanto, como la comenzamos: tapándonos las vergüenzas y aceptando promesas y caramelos.

El éxito. La regeneración democrática, más allá de las reticencias de la oposición, es un hecho objetivo. La doctrina contra los imputados o la defensa de la transparencia son empeños claros de Fabra. También la armonización de las cuentas, el control del gasto y la reestructuración del sector público, más hinchado que Canal 9. Había que arreglar el desbarajuste, que amenazaba con enterrar parte de los servicios públicos. Fabra se ha ocupado de esta tarea, en parte obligado, pero con voluntad inquisitiva y pasando por alto las displicencias del politiqueo.

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