Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Espíritu volteriano

Rob Kuznia ha ganado el Pulitzer por un trabajo de investigación sobre la corrupción en una escuela publicado en el Daily Breeze, un rotativo de Torrancem, en California, que cuenta con la friolera de siete periodistas y todo en activo. Desde que se lo comunicaron, el ganador permanece en estado de shock y los organizadores por un estilo porque, al entrar en contacto, Kuznia desveló que hacía seis meses que tuvo que abandonar su puesto en la redacción puesto que el sueldo no le llegaba para el alquiler, con lo cual la Universidad de Columbia, que es quien los administra, no sabría si entregarle el galardón o darle un anticipo. Se trata de una de las fotografías más precisas de un oficio que cuajó alimentado por tinta y que transita a velocidad de vértigo, a lomos de la misma tribu bajo síntomas de similar corte, para ser descargado de un extremo al otro del mundo en un pis pas. Mis dos primeros años con Franco aún vivo los disfruté redactando crónicas sin ser dado de alta y cobrando bajo cuerda una graciosa propina en una empresa participada por la Iglesia hasta que, harto de coles, fiché por una cabecera nacional que duró nueve meses y cerró el quiosco al día siguiente de las generales, mandádonos así a freir espárragos. Al contrario que Rob, que anda de asistente de prensa de la Fundación USC Shoah, he sido reincidente perpetuo. Pero porque por lo demás da gusto. Ese reconocimiento de los próceres ante la publicación de los abusos de poder; el convencimiento que define al establishment de que sin libertad de expresión esto sería, más aún, la caraba. Ocurre desde antes de Nixon hasta el repuesto de Gallardón. Como dijo Voltaire, «detesto lo que escribes, pero daría mi vida para que pudieras seguir escribiéndolo». Igual que nuestros clásicos. Aunque sabedores de que no les gusta abusar, tampoco se opondrían a que mejor la espichen otros.

Compartir el artículo

stats