Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Católicos y franceses

Recuerdo perfectamente la impresión que me produjo ver a las honradas masa católicas de Francia manifestarse contra el matrimonio homosexual con tal energía que a, a veces, la dinamo se movía muy deprisa y del torbellino de chispas salía algún zambombazo contra maricón distraído. Los dirigentes tuvieron que reprobar los excesos, pero ahí estaban. Ahora Francia pretende negar el derecho y el deber de los homosexuales franceses a donar sangre cuando todos sabemos que no hay sexo malo, sino prácticas arriesgadas y que hay bujarrones más monógamos y profilácticos que cualquier putero de la huerta. No, queridos, nunca separaréis la sangre de la vida y la pelvis: vienen en el mismo paquete, con perdón: es como meterse en la Tomatina y pretender que no te manchen la camiseta. Bastan las precauciones habituales.

Dentro de la deriva general de Europa hacia ninguna parte, Francia es un caso aparte. Siempre aguantará bien porque es rica y tiene bombas nucleares. Y se reproduce casi tanto como Irlanda: una parte del éxito reproductivo se lo debe a los católicos que, como dice el lúcido Houellebecq, «tienen muchos hijos, están muy convencidos de lo suyo y habrá que seguir su trayectoria». A veces se nos olvida que nombres hoy no muy recordados como François Mauriac, Charles Peguy o Jacques Maritain fueron figuras del pensamiento y la literatura específicamente católicas (o, al menos, cristianas). A todos ellos los cita Manuel Vicent en Desfile de ciervos al referirse a las luminarias que guiaban a los niños de las mejores familias catalanas que acudían al colegio seglar pero católico, Virtèlia, niños como Pasqualet Maragall.

Incluso en esta última Fira del Llibre se han rescatado una cosas juveniles de Joan Fuster, una obrita devota de Paul Claudel traducida por el de Sueca, cosas así. Todo eso es perfecto si no se olvida que somos una sola carne, es decir que católico, musulmán ateo, pagano o mercero, no existe nada ni nadie que pueda situarse por encima de la libertad. Lo dijo Cervantes (y Kropotkin) y es así, porque sin ella no puedes ser ni monógamo ni perverso polimorfo.

Compartir el artículo

stats