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De esto trata el juego electoral

Dejados a un lado el talento, la capacidad de liderazgo y las dotes de estadista, tengo la percepción, por lo que veo, de que la suerte de los candidatos del 20-D depende más de cómo se suben a un globo, bailan, juegan al ping-pong, al futbolín o tocan la guitarra, que de las promesas que concitan o de la seguridad que logran transmitir a los electores.

De los programas de los partidos, que se hacen para no cumplirlos, ya nadie habla. ¿Para qué? Lo que cuenta son las habilidades de los aspirantes en los programas de entretenimiento de la televisión y el impacto en las redes sociales.

He oído a algunos asesores de imagen y especialistas en mass media llamarlo humanización del político; alguien pronto echará en falta que Sánchez, Rivera, Rajoy e Iglesias pasen la prueba de «MasterChef», para ver de lo que son capaces de hacer en una cocina. Es lo que queda y me cuesta creer que no se la haya ocurrido a alguien.

Sucede que esta humanización del político contribuye al embrutecimiento general. La vida pública no sólo la degrada la corrupción, también es víctima del ridículo, de la impostura y del espectáculo circense. Los candidatos, dadas las urgencias y el estrecho margen en los sondeos, no se conforman ya con incumplir sus promesas o aferrarse a las del contrario, como el político laborista Ramsay McDonald le dijo a Churchill cuando éste le recriminó la imposibilidad de llevar a cabo todo lo que le prometía al pueblo. Y McDonald respondió: «Posiblemente, pero al menos cumpliremos las que ustedes han hecho».

En los tiempos que corren la política ni siquiera se resume en el humor inteligente o en el cinismo. Queda sujeta simplemente a la nada.

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