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Cosas indecibles

El voto por correo de los jóvenes emigrados a tierras con menos delincuentes al mando, se llama ´voto rogado´: asombroso hallazgo expresivo. Hay palabras que nacen con voluntad de dique, de espeso telón, de muralla de acero. En vez de significar, contienen, sujetan: el voto habla poco, pero claro y alto ¿Rogado? ¿Con genuflexiones y reverencias? Parece que no son de ordenanza. Como pocos jóvenes piensan votar por el bipartito -con razón o sin-, se les trata como negros convictos en Alabama: votan si pueden, si están en la lista, si no hay más remedio, si no se halla impedimento alguno para el ejercicio de la prerrogativa. Prerrogativa, otra palabra que se las trae.

El otro día Martín Villa se negó a contestar a un periodista que le preguntó porque había condecorado a Billy el Niño, de la policía política de Franco (BPS). Se enfadó mucho, pese a que también habían condecorado -un poco antes- a Saturnino Yagüe, el jefe de la banda. Y a que Felipe González le dio un cargo al comisario Ballesteros, conocido torturador. Martín Villa, récord mundial de permanencia en un coche oficial (donde hay menos oxígeno que en el fondo de la fosa de las Marianas), pasó de la jefatura del SEU a la de Prisa, de la Falange a UCD, de Endesa (los indígenas mapuches de Chile aún clavan alfileres en su retrato) al Sareb o banco malo (el que te paga con billetes del monopoly) y a estar en busca y captura por orden de un juzgado argentino.

Nuestra democracia no tiene más problemas que otras y las hay más cutres. Ese no es el problema: el problema es el silencio denso. Rajoy con Bertín Osborne, que le pregunta por mamá, en vez de ir al debate. El ministro que, ante la petición de que sean desclasificados documentos oficiales anteriores ¡a 1968! contesta que no hay personal para manejarlo: esperaremos a las trompetas del valle de Josafat. El problema es esa mudez impuesta, ese continuo ejercicio de enmascaramiento que cubre con traje gris marengo la vieja camisa azul, que oculta, a su vez, una cosa más antigua aún: inmóvil, petrificada, tridentina ¡Viva Lutero, coño!

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