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Matías Vallés

Si todos los partidos pierden a la vez

Antes de empezar, cabe contemplar la hipótesis de que todos los partidos pierdan a la vez. Un PP desinflado por debajo de los 130 diputados, un PSOE asentado en el lado equivocado de los 100, Ciudadanos que no llega a 60 y Podemos sin rematar 40. Los amigos de los números avisarán de que los cuatro contendientes no pueden empeorar simultáneamente, dado que el número de diputados en juego es constante e igual a 350. No demasiado elevado para el tamaño de España, todo sea dicho. Si le parecen exiguas las cifras consignadas, suman 330 escaños, por lo que todavía deben ser rebajadas para encajar a nacionalistas catalanes y vascos, a las cenizas de IU y a excepciones aisladas.

Una derrota a cuatro no es descabellada. Está contenida en el mítico sondeo del CIS, donde el cuarteto protagonista redondea resultados inferiores a las expectativas que ha barajado durante la legislatura. A propósito, el innecesario despedazamiento de Podemos en sus variedades regionales demuestra el miedo que genera, y desacredita a encuestadores que cabría suponer más templados. Un resultado decepcionante para todos los candidatos del 20D generará una insatisfacción colectiva. En dos de ellos porque se desploman, en los otros porque no desbordan. El inesperado desenlace se basa en el cambio de geometría. La bipolaridad impone un ganador, esencia del turnismo. Con cuatro cuerpos en juego, ni la física avanzada acierta a dominar las combinaciones posibles.

España es el país de estadísticas menos fiables, según la Unión Europea. Extrañamente, también es el único país que se las cree, porque ningún vecino se somete a un festín similar de encuestas. El sondeo del CIS demuestra una vez más que los contribuyentes querían una nueva política, que les ha sido negada con contumacia por el blindaje de PP y PSOE. Por hartazgo, han decidido tomarse el voto por su mano, con consecuencias imprevisibles para los sondeos. Era fácil ajustar los datos en la segunda victoria de Zapatero en 2008, cuando populares y socialistas acumularon más del noventa por ciento de los escaños. La unanimidad a dos voces, el partido único con dos ramas, se ha deshecho con notable velocidad. Uno de cada cuatro encuestados quiere hoy que ganen las elecciones Ciudadanos o Podemos, con un margen que impacta como una revolución.

Los debates reemplazan a los mitines y Bertín Osborne a Pedro Piqueras. El bipartidismo mediático también rueda por los suelos, con la entrada de nuevos analistas como María Teresa Campos y Pablo Motos. Quienes aventuran con alegría contenida que al PP le basta con oficializar los resultados del CIS y pedir la mano de Ciudadanos, vuelven a operar con tics antañones. Los partidos dejarán de funcionar como un cuartel. Las formaciones emergentes van a caracterizarse por una cohesión dudosa. Accederán al Congreso decenas de diputados que casi no se conocen, pese a compartir siglas. Algunos de ellos no habrán pasado cinco minutos a solas con su líder, que difícilmente podrá reclamar una adhesión inquebrantable. Se alegará que tampoco Rajoy se sienta a dialogar con sus huestes. Tal vez aquí empiezan sus problemas, porque populares y socialistas se basan en una disciplina periclitada.

El voto es un sacramento de muy delicada administración. El CIS es la Wikipedia demoscópica, abrumador en detalles. Sin embargo, el exceso de información del sondeo no elimina la suspicacia ante un error que anule el conjunto. Cuesta deslindar si el organismo estatal encuesta o pasa factura, aunque Pedro Sánchez no tiene derecho a reprocharle los tremendos fallos de su liderato condescendiente con el PP. Dos de cada cuatro encuestados mantienen la indecisión. Buena parte de ellos en la frontera de Ciudadanos, que todavía puede crecer de refugiados socialistas y populares.

El CIS realiza más trabajo de análisis en un sondeo exhaustivo que el Gobierno en cuatro años. Sin embargo, su reparto de votos entre izquierdas y derechas no viene refrendado por los comicios celebrados a lo largo de la legislatura. Si ya es aventurado garantizar la mayoría absoluta a la suma de PP y Ciudadanos, el Centro coloca en el Congreso a más de 200 diputados de orientación conservadora, por menos de 150 progresistas. Esta proporción no se registró en prácticamente ninguna de las circunscripciones donde se celebraron las pasadas autonómicas y municipales. Según el CIS, todo ha cambiado desde mayo.

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