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Moda solidaria

Dijo una vez Chanel que la alta costura no moriría por falta de clientes, sino por falta de artesanos. Como siempre „o casi siempre„ tenía razón. La cratividad necesita el sustento de la habilidad manual para alcanzar el grado de «costura», así, sin adjetivos de tamaño. En tal sentido, Amparo Chordá, es un caso ejemplar porque reúne las dos facetas: la idea y su realización material por sí misma, en base a un oficio artesano heredado y cultivado con ahínco.

Esto se nota en todo lo que hace. El desfile de esta semana en el Ateneo, más que una colección al uso, fue una muestra atelier, una especie de «estos son mis poderes». Y siguen siendo firmes. Amparo, como quedó claro en la primera parte, se propone devolver a la ropa de calle la imponta de la costura; evidenciar que, más allá de las prendas informales „tantas veces uniformes„ existe un vestuario personal, perfecto hasta el detalle, que recupera la elegancia, irrenunciable y accesible. Son testimonio sus exactas chaquetas de manga tres cuartos, siempre con guantes, a menudo aderezadas por maravillosos echarpes y chales.

En la segunda parte festiva „siempre haciendo uso de magníficos tejidos de Julián López„ Chrodá destapó la imaginación, frenando un poco su característica exuberancia, para restar exceso a una luminosa serie de modelos que se remató con una suerte de homenaje al rojo Valentino: un vestido corto de sartén con el cuerpo incrustado de guipur y pailletes. Otro, largo de diferentes texturas y falda de tul de seda ornada de plumas y encajes. El tercero, un clásico de raso duquesa y potente volumen, con escote sin hombros y banda cruzada a modo de ala. La novia final, envuelta en microvolantes de tul, con el cuerpo bordado a diminutas flores de perlas nácar, rubridado por una lazada rosácea.

Tono Sanmartín, dueño de la medida, limitó sabiamente su intevención a unos peinados exquisitamente funcionales: cabellos recogidos, pegados al cráneo, y maquillajes cuidadísimos, de ojos ahumados y labios resplandecientes de laca roja. Todo, para que pudieran sobresalir los tocados espectaculares de Vladimir Straticiuc y las soberbias joyas cedidas por Durán. Completamente adecuado: los zapatos de Spinela.

Hay que decir que la iniciativa germinal partió de la primera mujer que está al frente de un club rotario: Elvira Ferrer, presidenta del club Rotary de Valencia, al que tiene el propósito de imprimir aire fresco, acentuando su espíritu de apertura a la ciudadanía. Por encima de todo estuvo la finalidad benéfica, en pro de una entidad tan admirable como es la Asociación Familiares Alzhéimer. No pocos rotarios apoyaron el acto con su asistencia, encabezados por el gobernador del distrito, José Luis Carvajal, junto a Isidoro Ales, Vicente Diego, David López y Tomás Bréndez. Vino también gente de fuera de Valencia, como el alcalde de Cullera Jordi Mayor y varios empresarios de Benidorm. Y, por supuesto, brillante representación de las altas esferas locales. Sintetizando, citaré a Rosa Simó, Mayrén Beneyto, Salomé Corell y Marisa Marín arropada por las numerosas integrantes de la inquieta orden «Querer Saber».

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