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Silencio, se rueda

El gobierno Rajoy le ha dado otro viaje a la hucha de las pensiones para conseguir liquidez y mientras tanto, sigue prometiendo rebaja de impuestos: si es que lo barato, sale carísimo. Y a la monja del pellizco que responde al nombre de Cristóbal Montoro, también llamado ministro de Hacienda, se le ha ocurrido una nueva forma de tortura financiera (sólo aplicable a los gobiernos autónomos para que se enteren de quién manda): la simulación diferida de las partidas de armonización de los recursos fiduciarios centrífugos o es que María Dolores de Cospedal me ha puesto algo en el vino. Hace sólo cuatro años que les dimos la mayoría absoluta.

A raíz de la muerte del filósofo André Gluksmann circuló una historia muy interesante. Al parecer su familia, judía y roja, se puso a gritar a los deportados hebreos, hacinados en su mismo tren, que los iban a matar a todos, que se los llevaban a los hornos. Como era al principio de la Solución final, los verdugos aún no eran tan hematófagos y prefirieron liberar a los bronquistas para que no les alteraran al personal. Así salvaron la vida y aunque parezca increíble, esa es la base de la libertad de expresión y no las complicadas razones morales que suelen invocarse: te pueden salvar el pellejo, a ti y a otros, contener la infamia, suavizar los rigores. Quien pide más, creo que está loco.

Hay que fijarse. Si Dios fuera partidario de mayorías absolutas no hubiese creado al Diablo. No sé si Dios existe, pero el Diablo, con toda seguridad: no sé si Glucksmann se refería a eso cuando dijo que sólo el mal funda (y que la política por tanto, sólo puede defendernos de él). Jean-François Revel lamentaba que los filósofos que eran jóvenes cuando él ya era mayor, se hubieran olvidado de la tecnología razonadora y expositiva de los padres fundadores del pensamiento: Platón y Aristóteles. En vez de eso, decía, se refugiaban en el cultivo del estilo. Aquí, Revel, no estuvo fino: cuando hay mucho ruido, el pensamiento debe deslumbrar, ser respiración, movimiento hipnótico, acuñarse con troqueles de oro y, sobre todo, callar. Una ración de silencio, para empezar.

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